lunes, 18 de febrero de 2008

Prólogo (Pág. 8)

ellas que sus ojos reflejaban desesperación y desesperanza. Otros se entretenían jugueteando con varias polillas que revoloteaban alrededor de las mugrientas lámparas de pared. Varios jóvenes y adultos recogían en otro apartado similar a una despensa los víveres que quedaban, y junto a ellos cerca de diez mujeres faenaban en lo que parecía una improvisada cocina llena de cacharros en mal estado, latas y platos rotos. Aún así había cierto olor agradable en el ambiente que debía provenir del guiso improvisado que éstas cocinaban. Por suerte las especias que utilizaban los esturos, además de tener bastantes vitaminas que hacía paliar la falta de ciertos alimentos necesarios, desprendían un olor intenso muy atrayente. Todos echaban una mano a las tareas, aunque más bien lo hacían por tener la mente ocupada en otra cosa que no fueran las últimas vivencias ocurridas en su ciudad, que seguramente no volverían a ver.

Lalos se acercó a una de las jóvenes que entretenían a los pequeños.

-¿Cómo va la situación aquí abajo, Naia? Lo veo bastante tranquilo por suerte.

-No creas, ahora los niños parece que duermen pero les cuesta mucho. Tienen hambre, y necesitan un sitio tranquilo en el que descansar, no un continuo bamboleo provocado por crueles rayos y truenos. La comida escasea Lalos, algunos de los hombres han dejado de comer para alimentar a sus esposas e hijos y están muy cansados, y otros parecen fantasmas, no dejan de susurrar los nombres de sus familiares muertos con la llegada de las huestes enemigas a nuestro pueblo. Esto es una pesadilla -la chiquilla se acercó al joven buscando refugio.

-Tranquila, mi amor, vamos a solucionarlo -dijo Lalos pesadamente-. No podemos hacer otra cosa que esperar y rezar a Quiraos, nuestro rey se encuentra un poco cansado