lunes, 18 de febrero de 2008

Prólogo (Pág. 11)

penetraba en ella. Aumentó su propia energía utilizando un poder más profundo pero seguía sin encontrar a Aielas. En esas condiciones pronto empezó a acusar el cansancio, demasiado pronto pensó para sí mismo, parecía que una barrera impenetrable se tejiera ante ellos no permitiendo el paso, estiró la mano izquierda y cogió la de su compañero Valdorán. Éste, dándose cuenta de la situación le apretó la mano y Lalos notó cómo energía renovada recorría su cuerpo, sólo entonces consiguió percibir energías mínimas, lo que le llevó a la conclusión de que existía vida bajo ese manto de agua, que no estaban solos, algo que le dio alas para seguir buscando, también percibió un breve fogonazo de increíble energía que lo desconcertó, y otras tantas negativas, por lo que dedujo que algo terrible ocurriría pronto. Al cabo de unos minutos, agotado y sudoroso por fin encontró un vestigio de lo que buscaba, un fino hilo de poder al que se aferró con ahínco y se fue abriendo paso. Sí, ahí estaba, era Aielas, y contacto con él.

Aielas estaba situado cerca del timón del barco del que le hicieron responsable. Tenía mal aspecto, un rostro muy demacrado. Anchas ojeras surcaban su rostro y enmarcaban los ojos anaranjados de éste. El pelo largo y blanco le ondeaba al viento de una manera violenta provocando que se le enredara, excepto en dos largas trenzas que salían de los extremos de su cabeza. La capa azulada también ondeaba y la capucha no conseguía sujetarse sobre su testa. Los brazos musculosos asomaban por entre los pliegues, y una espada imponente de la altura de sus fornidas piernas colgaba de la cintura, la protegía una funda plateada con preciosos grabados en ella. Aielas notó sutilmente la energía que llamaba a su mente y la abrió de par en par, reconoció a su amigo de la infancia y tomó contacto con él. La energía de Lalos era muy débil, notó la ayuda que alguien le prestaba, y percibió tristeza y preocupación de