domingo, 30 de noviembre de 2008

De momento...

Pues eso, que de momento lo dejo así.

He intentado modificar algunas cosillas... algunas entradas para que sea mejor aún, pero el resultado no ha sido el esperado jeje.

Así que a falta de retocar alguna otra parte del blog, creo que se puede quedar así. Seguiré trabajando en él.

Por cierto, sigo retocando la novela, poco a poco cuando el tiempo me lo permite. No desesperéis jeje.

sábado, 25 de octubre de 2008

En pruebas...

Pues eso, que estamos en pruebas jeje... Así que si veis algún cambio raro no os preocupéis demasiado, xDDD.

Como veis he vuelto con ganas, dicen que ¡¡año nuevo, vida nueva!!

lunes, 28 de julio de 2008

¡¡Cerrado por vacaciones!!

***



Aprovecho este símbolo de mi amigo Santyago Moro y cierro hasta nuevo aviso...

En realidad no cierro por vacaciones, ni hasta el 5 de Septiembre como hace Santyago Moro, aunque algo sí que cogeré jeje (una semanilla como mucho, pero algo es algo).

Lo que haré será reestructurar un poco la novela, corregir ciertas frases que me han aconsejado (Gracias Yosu, gracias Bazalo ;-) ) y continuar con ella lo antes posible, así que no os olvidéis de pasaros de vez en cuando jeje, pues todavía faltan un montón de capítulos más, echando cuentas y listo el Cap. 8 de momento he subido 1/3 de la novela más o menos.

Aún así mi otro blog, digamos el Oficial, seguirá en funcionamiento, así que ya sabéis donde debéis acudir xDDDDDDDDD

martes, 15 de julio de 2008

Capítulo 7. Segundo intento (Parte 2)

despavorido del margen y se dispuso a cortar grandes ramajes de los matorrales más cercanos sin apenas hacer ruido. Raudo los colocó encima del hueco que había abierto con sus propias zarpas un instante antes a modo de tapadera de tal manera que cuando los ineptos pisaban se hundieran en su temible trampa. Una vez colocados les dio los últimos retoques para que parecieran que había brotado allí mismo y se subió al roble más cercano para poder vislumbrar con regocijo el éxito de su plan.

Los chicos salieron del claro con algo de pena echándole un vistazo a la profundidad del bosque el sol poco asomaba por entre los altos árboles. Reconocieron el comienzo de la trocha y se dispusieron, en la misma posición que antes, a recorrerla sin más dilación. De repente Timeos se dio la vuelta:

-Oye Samara, ¿por qué no sigues delante tú mientras yo me paro detrás de estos matorrales un momento? Tú ya me entiendes.

-Vaya, ahora que estamos dispuestos a salir te paras a hacer de vientre, pues ya lo podías haber pensado antes ¿no? -replicó su hermana.

-Bueno…, antes no me dieron ganas, además estaba durmiendo, qué quieres, es la propia naturaleza –contestó Timeos.

-Está bien, pero date prisa, no me gusta este lugar, y menos recorrerlo sola.

Así que Timeos, antes de adentrarse de nuevo en el sendero, viró a la izquierda y se perdió de vista.

Samara, viendo hacia dónde se desviaba su hermano, se quedó plantada a un paso justo delante del escondido hueco, sin atreverse a caminar sola por el oscuro camino que salía ante ella, así que decidió girar un poco a la derecha internándose entre la maleza al ver unas pequeñas plantas que florecían con el calor de los haces luminosos bordeando con ello la improvisada trampa que con tanto esfuerzo el planificador felino había desenterrado.

El Sr. Strömboli no podía creérselo, pero ¿dónde iban los chicos? Si era muy fácil, sólo tenían que haber dado un paso hacia el lúgubre sendero y hubieran caído en su peligrosa abertura, y ahora cada uno se iba por su lado, uno a al izquierda perdiéndose en el bosque y otra a la derecha siguiendo el rastro de unas insignificantes florecillas que por desgracia se habían abierto en el momento en que el sol hacía más inciso en el claro. No podía ser verdad, tanto esfuerzo para nada, solo podía esperar a que se adentrasen de nuevo en el claro y comenzaran de nuevo su viaje siguiendo por donde habían venido. Pero no fue así pues ya llevaba esperando un buen rato y ni uno ni otra volvían por donde se habían ido.

A lo lejos oyó al joven ladronzuelo y miró hacia la dirección en que provenía dicha llamada desde la gruesa rama de roble en la que se sentó a esperar en sus cuartos traseros, con tan mala suerte que con el rápido giro de su testa se mareó levemente y resbaló del árbol cayendo hacia abajo y topándose con todos los brotes y ramajes que cubrían los troncos más gruesos, con maullidos de dolor, desesperación y sorpresa. Hasta que de repente esas ramas acabaron en un vacío que supuso era el espacio entre la rama más baja y el suelo por lo que se dispuso a caer, como era de costumbre en su raza, a cuatro patas sin hacerse el mínimo daño. Cuando posó sus zarpas en el blando suelo con un pequeño estruendo hizo una mueca de regocijo pues a pesar de todo no se había hecho tanto, pero sin darse cuenta el suelo empezó a hundirse y el Sr. Strömboli a intentar zafarse sin éxito de los arrancados matorrales que justo antes él mismo había colocado.

-Miauuuu, maldiciónnn… -maulló el vigoroso felino cuando se vio dentro de su propia jaula-. ¡No puede ser verdad! Se me han vuelto a escapar, y encima me he atrapado yo solito…

El enfadado gato, rabioso por su mala suerte y su ineptitud trepó con grandes saltos al borde del boquete de nuevo sin gran consuelo, pues cuanto más alto saltaba y más furioso se agarraba a las resbaladizas paredes, más revolvía éstas y más difícil era trepar por ellas. Hasta las raíces que había utilizado antes para salir de allí parecían que se habían puesto en su contra pues se partían a la mínima en cuanto ponía el gato una de sus zarpas encima para poder escalar. Agotado por el esfuerzo y por el sofoco cogido paró en seco, obligándose a relajarse, a coger algo de aliento y a pensar las cosas con un poco de calma.

Unos pequeños ojillos y unos gráciles bigotes asomaron a la altura de su cabeza a través de un pequeño agujero recortado en una de las pringosas paredes, mirando al gato con curiosidad, un destello de inteligencia y donaire asomaron por sus pupilas.

-Y tú que miras, ¡maldito roedor! –maldijo en voz alta el agobiado hidalgo.

sábado, 12 de julio de 2008

Capítulo 7. Segundo intento (Parte 1)

Capítulo 7

Segundo intento

M

ientras el temible y gallardo caballero intentaba recuperarse del tremendo golpazo, los dos jóvenes siguieron su camino sin darse cuenta de la situación tan absortos como estaban en sus propios pensamientos. No se daban ni un respiro pues cuanto más rápido fueran antes saldrían de ese embrujado bosque.

Avanzaban con paso firme saltando por encima de los salvajes matojos, bordeando los anchos troncos y apartando la maleza con los brazos. De repente se encontraron en un pequeño claro en el que los rayos del sol brillaban e incidían de lleno en una enorme piedra llena de musgo blanquecino en una de sus caras, la menos expuesta al astro rey. Pensaron que era buen momento de hacer un alto, descansar y reponer fuerzas pues el viaje a través de la maleza estaba siendo agotador y un poco de luminosidad daría vigorosidad a sus cuerpos y sus mentes. Sin pensárselo dos veces abrieron sus zurrones y sacaron sendos trozos de queso curado y un buen puñado de moras negras, además de sus cantimploras de piel de jabalí, y se dispusieron a dar buena cuenta de sus provisiones.

Después de un buen almuerzo, y con los rayos de sol incidiendo directamente en sus caras, el sueño empezó a apoderarse de ellos sin darse cuenta, hasta que los dos hermanos, apoyando las cabezas el uno en el otro, se abandonaron inconscientemente a una pequeña pero reconfortante siesta.

Momento que aprovechó el todavía renqueante y dolorido gato para preparar su siguiente asalto, algo que no podía fallar, un ataque fulminante en el que sus presas no se dieran ni cuenta de que habían caído en su trampa mortal hasta que no estuvieran encerradas sin escapatoria alguna.

Esta vez no se podrían zafar como antes. Lo tenía todo bien pensado, llevaba mucho tiempo pensado en cómo atraparlos sin ser descubierto, así que se puso zarpas a la obra, y nunca mejor dicho. A la salida del acogedor claro donde dormían plácidamente los inconscientes ladrones de tesoros, justo donde comenzaba de nuevo la angosta vereda, el Sr. Strömboli empezó a cavar un agujero lo bastante profundo como atraparlos sin que pudieran alzarse para salir a la superficie. En silencio pero con rapidez la tierra salía despedida en todas direcciones para no amontonarla y levantar sospechas fundadas. Poco a poco y con gran esfuerzo el temible captor, futuro héroe de su pueblo natal, fue haciendo un hueco en la tierra humedecida de tal manera que fue enterrándose cada vez más.

Al cabo de un rato la peligrosa trampa ya enterraba por completo al cazador pero éste seguía y seguía cavando pues los chicos eran más grandes que él. Cuanto más profundizaba más húmedo estaba el subsuelo, toda clase de insectos y parásitos salían de sus recortados túneles viendo al que sin querer había eliminado sus laboriosos trabajos, perplejos del animal que se encontraba ante ellos y percatándose de cómo se iba adentrando en el agujero cada vez más.

El gato ahondaba sin cesar, y la tierra empezaba a ser un problema porque no llegaba ya prácticamente a lanzarla fuera del hueco pues éste había adquirido una profundidad de casi dos metros por otro de ancho. Tendría que pensar cómo sacarla de allí antes de seguir profundizando un poco más pues todavía los jóvenes podrían escapar. Así que empezó a amontonar a un lado del agujero a modo de escalera de tal forma que iba subiendo montón a montón para ir sacando lo que quedaba de guijarros y barro apelmazado. Cada vez tenía que construir más escalones para sacar el fango cada vez más pringoso, a la vez que tenía menos sitio para seguir excavando:

-Bien -pensó-, pronto acabaré mi trampa mortal y los cogeré sin compasión, la espada será mía.

El tiempo pasaba, aunque no sabía cuánto, pero debía darse prisa pues las siestas no son eternas por lo general y si sus apresados se despertaban y le cogían por sorpresa allí metido el que no podría escapar sería él, y a saber qué le podrían hacer, seguro que mil diabluras.

Llegó el momento de salir de aquel pringoso agujero para dar el toque de gracia a su infalible plan, así que fue deshaciendo los montones unos a uno para dar la profundidad final al hueco sin darse cuenta que cuanto más quitaba más lejos estaba del borde. Por fin eliminaba el último y al mirar para arriba para admirar su obra maestra se dio cuenta de que había trabajado bien, tan bien que la orilla le pareció un poco lejana, demasiado lejana. Con la agilidad que le caracterizaba comenzó a trepar agarrándose a las pequeñas raíces que colgaban en las resbaladizas paredes, tan resbaladizas que a veces las zarpas se soltaban y caían unos pequeños centímetros hasta que volvía a posar en firme sus cortas patas traseras.

Los sudores le caían a borbotones después del esfuerzo hecho y de la escalada, y comenzó a ponerse nervioso pensando si estarían todavía durmiendo los chicos y si él conseguiría salir de aquel mugriento agujero, era de los gatos más ágiles de su pueblo y por ende no le debería dar problemas la escalada pero no había contado con su entusiasmo a la hora de cavar ni de la humedad bajo tierra.

Samara se despertó algo sobresaltada de su frugal siesta. Había descansado bastante pues la noche fue muy movida y estaba agotada pero no había dejado de oír ruidos lejanos cerca de ellos. Lo mejor sería despertar a su hermano Timeos y recoger el campamento, todavía quedaba mucha floresta por recorrer. Zarandeó a su hermano con suavidad y se fijó en baba que le caía por la comisura derecha de la boca, dando una impresión nada agradable aunque jocosa.

-Vamos perezoso –llamó jovial la joven de tez morena a su compañero de viaje.

-Eh… ahhg… déjame en paz hermanita, estoy muy a gusto aquí al calor de la piedra.

-Pues como sigas así de remolón te vas a convertir en un lagarto, sólo te falta tumbarte a la bartola encima de la roca – reprochó con animo Samara.

Timeos se despertó con un leve gruñido y se limpió con la manga de la sucia chaqueta de lana que su abuela había tejido a cada uno con cariño. Rápidamente recogieron sus pertenencias y se pusieron en marcha.

El Sr. Strömboli estaba a punto de alcanzar la cima de la “enorme cumbre” que él mismo había construido cuando oyó a los jóvenes que hablaban entre sí, tenía que darse prisa, se acababan de despertar y todavía quedaba cubrir la trampa para disimularla. Salió

jueves, 3 de julio de 2008

¿Cómo leer un Blog? Tutorial para inexpertos...

Antes de seguir posteando capítulos... y debido a la avalancha de críticas de la gente que no consigue enlazar las páginas seguidas , os voy a dar unos breves consejos, tanto para leer este blog y continuar la novela de manera seguida, como para cualquier otro blog, pues todos son similares.

1º Debes saber que, digamos, lo importante de los Blogs son las entradas que el Administrador crea y sube para que vosotros las leáis... Lo demás es "decorativo". Es importante fijarse en la fecha de la creación de la entrada (normalmente siempre tienen fechas de entrada) para saber cual ha sido la última en públicar, y así poder leer con cierto orden.

En nuestro caso, las entradas principales se ven claramente, pues están en la columna izquierda de color beige.

2º Las entradas de los blogs puede ordenarse a placer (creo que, siempre de arriba a abajo, de más nueva a más antigua, o de más antigua a más nueva).

En lo que a la novela respecta las entradas están ordenadas: la de más arriba es la más reciente ;-)

3º Los blogs se van completando dependiendo de las entradas que el Admin haya publicado, con lo que normalmente se ve la página principal. Os preguntaréis ¿y cómo veo las demás entradas del blog? Pues my fácil... si bajáis del todo, cuando se acaben las entradas, encontraréis un enlace que dice "Entradas Antiguas", y si pinchais en él os iréis una página atrás, y así sucesivamente hasta llegar a la última página del blog.

Nuestro blog de Memorias de Orhim actualmente cuenta con 7 páginas (la última entrada, que es a su vez la primera publicada en el blog, se titula "Comienza una nueva aventura!!"), así que no sigáis pinchando en dicho enlace, que no hay más!! xDDD

4º Una vez conocida más o menos la columna principal de un blog, echaremos un ojo a un dato importante del mismo... La lista de Etiquetas de las entradas publicadas.
La lista de Etiquetas dependerá de lo que Admin etiquete al publicar la entrada, si llega a etiquetar su entrada jeje. Más simple, es como separar por orden alfabético, ej: este papel del Banco, en la B, la letra de la casa en la C, y la del coche también en la C... pues es lo mismo, pero separando por palabras clave.

En nuestro caso la lista de Etiquetas se encuentra en la columna de la derecha (color verde), justo debajo del contador de visitas. Como podéis comprobar yo he etiquetado, como palabras clave, por capítulos. De esta manera quien quiera leer el capítulo 3 completo, y sólo el 3, podrá pinchar en la Etiqueta Capítulo 3 de "Capítulos añadidos al blog..." y la columna de entradas cambiará y expondrá sólo y exclusivamente las entradas publicadas relacionadas con el capítulo 3 (teniendo luego cuidado de leer en el orden establecido explicado anteriormente en el punto 2, con lo que si queremos leer la primera entrada del capítulo 3 será la de más abajo de la columna beige).


Lo demás, pues también es importante, por supuesto, porque cada Administrador intenta hacer su blog lo más atractivo posible para sus lectores ;-), pero lo realmente en este blog es la novela Memorias de Orhim, y más o menos ya sabemos cómo leerla, verdad??

Pues entonces os dejo que disfrutéis con su lectura!! Gracias por seguir leyéndome ;-)

PD: Cuando vayáis investigando podréis ver que las columnas de la derecha, tanto la verde como la morada, tienen enlaces interesantes... así que no os olvidéis de ellos jeje.

martes, 1 de julio de 2008

CONTADOR NUEVO!! Atrás quedan las 600 visitas...

Hola a todos... debido a un problema técnico (supongo, porque me lo he encontrado así, sin un número jejeje) he cambiado el contador.

A partir de ahora comienza de 0, pero es más bonito, xDD.

Atrás quedarán esas 600 visitas, todo gracias a vosotros!! Bueno, y a un servidor jeje, porque también contaba las mías ;-) . A ver si entre todos llegamos a dejar "viejo" el antiguo contador, eso significará que hemos vuelto a superar otras 600 visitas más.

Como siempre, gracias por seguir leyéndome... (en breve continúo subiendo capítulos, antes de que me vaya de vacaciones)

miércoles, 18 de junio de 2008

Capítulo 6. A la caza del rufián (Parte 2)

pequeñas patas apoyadas en la corteza, hasta quedar suspendido como un péndulo a unos cinco metros de los dos ignorantes.

El chico, al alzar su pierna derecha, notó un diminuto rozón contra su pie, como si algo o alguien se lo sujetara al suelo más de lo que él estaba dispuesto a aguantar, pero pronto la fuerza del impulso de su musculosa pierna deshizo la retención y el joven prosiguió su acompasado paso como si nada hubiera notado. Cuando Samara pasó por el mismo lugar que su hermano distinguió en el suelo un pequeño trozo de cuero repujado enganchado a una puntiaguda rama de uno de los matorrales que bordeaban el sendero, así que se agachó para recoger el trozo de tela con curiosidad, cuando en ese momento notó en su nuca un leve silbido de viento y un débil gruñido que pensó debió provenir de un pequeño soplo de aire que se colaba entre las unidas copas de los inmensos árboles de aquel voluminoso bosque. Una vez examinó la tela sin vislumbrar ni siquiera un atisbo de importancia se deshizo de ella como quien se deshace de las mondas de una naranja recién pelada arrojándolas al suelo pensando que cuando se fundan con el suelo húmedo y mohoso dará alimento a los recién nacidos brotes o incluso a las incansables hormigas o a las perezosas lombrices que corretean por el desconocido subsuelo.

El Sr. Strömboli, seguro de su plan, atacó a los dos intrusos con sus mejores armas. Mientas se balanceaba cada vez más rápido sacó sus garras afiladas y destellantes sin percatarse por la euforia que recorría su espeso cerebro que comenzaban a rasgar la frágil liana a cada bandazo que su ligero cuerpo daba de un lado a otro, de tal manera que a unos de sus fuertes impulsos la fina cuerda acabó de romperse por donde el alocado caballero de distinguido sombrero de ala ancha se asía con rudeza haciéndolo perder el equilibrio en el aire justo cuando el vuelo de un tronco a otro, como si de un mono se tratase, se hacía más rápido y estaba a punto de abalanzarse encima de los dos bellacos de forma admirable y sin sospechas.

La mala suerte quiso que el valiente gato de los bosques del Reino de Felius, en su desesperado y desequilibrado vuelo, se estampara, justo por encima de las cabezas de sus dos presuntas víctimas, en el tronco de un enorme chopo de dimensiones desmesuradas, haciendo que cayera sin remedio lentamente a través del resbaladizo tronco despatarrado de zarpa a zarpa como si de un pergamino arrugado y pegado a una pared se tratara, alzando un estridente maullido tan fuerte y sonoro que hizo ventosa en el tronco cuando sus afilados colmillos chocaron con éste, dejando al inconsciente gato casi sin aliento.

El tozudo felino dejó de pensar en esos momentos en su futura caza para cambiar dicho pensamiento por una gigantesca bola de meteoritos que no dejaba de dar vueltas a su cabeza como si de un planeta se tratara, viendo incluso pequeños animalillos que piaban a su alrededor posados en los pequeños meteoritos que danzaban sin parar, dejándose el infame captor llevar y caer como las plumas que cubrían a los cantores pajarillos ondeando al viento, y cuya cancioncilla alegre adormecía al gato presa de una especie de embrujo bienintencionado.

sábado, 14 de junio de 2008

Capítulo 6. A la caza del rufián (Parte 1)

Capítulo 6

A la caza del rufián

L

levaban ya unas cuantas horas de viaje a través del espeso bosque. Los pasos eran lentos y pesados, el camino era duro y deprimente pues en ciertos lugares los rayos del sol no alcanzaban a penetrar en las tupidas ramas de los inmensos árboles que hacían de improvisado techo. Notaban como les minaba el ánimo que tan alegremente habían portado a lo largo de todo el viaje, pero sentían un ardor en su fuero interno, un temor infundado que les rodeaba detrás de cada ancho tronco.

Qué parecía ocurrirle a aquel bosque al adentrarse tanto, tan oscuro, tan siniestro, tan espeso, tan enorme y a la vez tan sofocante en ciertos lugares. No se hacían a la idea de cuánto les podía llevar cruzarlo pero les daba la impresión que tardarían una eternidad, y eso que no era ni la hora de la comida. Aún así caminarían con rapidez pues cuanto mayor fuera el ritmo antes saldrían de él.

En ningún momento se percataron que de nuevo alguien los acechaba detrás de los gruesos troncos. Unas pequeñas botas asomaban de vez en cuando detrás de ellos en cada álamo o roble sin que ellos sospecharan en absoluto. Unas afiladas garras dejaban finos arañazos en la fuerte madera de los árboles. Unos largos y graciosos bigotillos se movían al son de una pequeña nariz al olisquear ésta a los jóvenes presuntuosos que osaban colarse en las tierras de los gatos sin pretender pagar tributo alguno. Y mucho menos portando algo tan bello y tan sagrado como era la espada K´gdar, una fuente de poder tan maravillosa y desafiante que quien la poseyera sería la envidia de su pueblo y uno de los líderes indiscutibles sin duda.

El Sr. Strömboli se frotaba las diminutas patas delanteras con gusto pues cada vez estaba más cerca de su preciado tesoro. Y además tenía un plan. Se adelantó a través de un atajo que recorría el boscaje en penumbra a unas centenas de metros de los chavales, ató un fino hilo de seda prácticamente invisible de árbol a árbol, de tal manera que los intrusos toparan con el obstáculo y cayeran sin darse cuenta al suelo en una enmarañada postura, y entonces se abalanzaría sobre ellos y los ataría de manos y pies con la velocidad que lo caracterizaba en ese tipo de menesteres, pues era sabido por todo el reino de Telluón durante cientos y cientos de años que el Sr. Strömboli era de los más rápidos de su pueblo, podía atestar miles de zarpazos en escasos segundos y el rival ni creería que le había tocado confiado en su torpeza. Así se las gastaba el valiente y poderoso gato del bosque. Y esta vez no se le escaparían, ahora sólo tenía que esperar unos minutos a que los jóvenes se acercaran a su trampa mortal…

Timeos y Samara atravesaban algo intranquilos los espesos matorrales, tenían que hacerse camino en ciertos lugares demasiado poblados y eso hacía que el paso fuera más lento de lo que ellos desearan. Pronto pasaron una de las zonas más pobladas y dieron de casualidad con una tenue trocha casi borrada con el paso de los años. Timeos iba unos metros por delante de su preciosa hermana, que seguía como ausente al rememorar su desconcertante sueño, moviendo sus ligeras piernas hacia delante dando rítmicas zancadas más por la inercia que llevaba su hermano que por otra cosa.

El joven atravesó una hilera de robustos troncos, trastabillando de vez en cuando con trozos de ramas secas tirados por todas partes debido al desuso del camino. De vez en cuando se veía obligado a levantar las piernas por encima de sus rodillas para seguir sin dificultad el sendero, pero a pesar del cuidado que llevaba no se percató que a unos tres metros delante de él, entre tronco y tronco, un ligero destello brilló débilmente a la altura de sus desgastados zapatos marrones. Sin darse cuenta su pierna derecha se adelantó y un leve chasquido sonó a su derecha, justo detrás del tronco de un enorme pino piñonero, tan débil que ninguno de los dos jóvenes absortos se percató del peligro que les acechaba.

Llegó la hora. El Sr. Strömboli se dejó descolgar de una larga liana que colgaba inerte de una de las ramas del robusto pino, haciéndolo balancearse poco a poco ayudado por el empujón de sus

martes, 10 de junio de 2008

Capítulo 5. K´gdar (Parte 4)

desprevenidos y ataqué con todas mis fuerzas…-estalló en carcajadas sin poder aguantarse y sin más imaginación Timeos.

-Pero qué idiota eres, Timeos. Me has asustado, y mucho. ¿Cómo te atreves a jugar con esas cosas? ¿y si fuera verdad?

-Tranquila hermanita, no te pongas así –tranquilizó éste a Samara-. Sólo ha sido una broma de mal gusto, y hoy parece que no estás para bromas.

-Pues no, no estoy para bromas. Ya te he dicho que no dormido bien. He tenido un sueño muy extraño, y ni siquiera puedo recordarlo con exactitud.

-¿Qué sueño? –preguntó el joven.

-Un sueño muy raro. Estábamos tumbados durmiendo tranquilamente y creo recordar que yo lo estaba viendo desde otro sitio, pero no puede ser, yo no me moví.

-Raro, hermanita, muy raro. Si nos viste es que no estabas durmiendo, y si estabas durmiendo como viste no podías habernos visto, por tanto, si nos viste es que estabas durmiendo o… ¡vaya lío, hermanita! ¿Y todo eso te da por pensar por la noche? Porque yo caigo rendido.

-No lo sé, hermano. Estoy echa un lío.

-Aunque sí que es cierto que pasó algo. Yo oí como un grito, o algo parecido y me desperté, pero sólo era ese pajarraco marrón que nos persigue de vez en cuando.

-No es un pajarraco, Timeos. Es un halcón.

-Qué más da, un halcón, un águila o un cuervo. El caso es que no deja de perseguirnos y encima ya hasta nos despierta por las noches con sus ruiditos.

-Dime, Timeos, ¿dónde lo viste?

-Pues ahí arriba –dijo el joven señalando a una de las ramas del árbol de enfrente.

Samara se quedó mirando pensativa la rama que su hermano le había indicado. Se aproximó a dicho árbol, un antiguo arce enorme, de gruesas y frondosas ramas, y un tronco que media casi un metro de diámetro. Miró directamente a la rama elegida y se dio la vuelta con lentitud. El corazón le dio un vuelco. Los matorrales quedaron a su derecha, justo los que ella había visto moverse en su sueño. Y en medio estaba la lumbre humeante todavía. A cada lado se situaban las mantas con las que se tapaban cada mañana aún sin recoger. Todo era exactamente como creía que recordaba, y sin embargo no se acordaba lo suficiente. ¿Qué había pasado?, ¿qué más había visto allí? Y sobre todo, ¿cómo lo podía haber visto? La cabeza le daba vueltas, y no conseguía que le dejara de doler.

Timeos se fijó en su hermana ausente. No sabía qué la estaba ocurriendo, y se preocupó un poco. El dolor de cabeza no hacía que te quedaras ausente y pensativo. Se acercó a su hermana con tranquilidad y la envolvió en un cálido abrazo, a lo que respondió con gratitud Samara.

Recogieron el improvisado campamento, apagaron la lumbre, y guardaron sus enseres en los petates. Callados y pensativos comenzaron a recorrer su travesía de nuevo como siempre hacia el oeste, Timeos especulando qué le pasaba por la cabeza a su hermana y sin atreverse a preguntarlo directamente, y Samara pensando en su sueño sin atreverse a contarlo a su hermano.

domingo, 8 de junio de 2008

Capítulo 5. K´gdar (Parte 3)

quitarse el frío helador que le había calado hasta los huesos y que seguramente con el calor de ésta ni se quitara, pues lo que lo había provocado no era la brisa nocturna sino el susto que se había llevado.

Un brillo cruzó los ojos pícaros del pardusco pájaro. Cualquiera que lo hubiese visto hubiera pensado que el ejemplar alado estuviera sonriendo mientras sobrevolaba la verde y enorme arboleda de forma tranquila y apacible.

El fisgón se paró en seco cuando no oyó ningún ruido. Se asustó tontamente de un pajarraco inmundo y echó a perder su plan alocadamente, decidió que se lo comería si se volvía a cruzar en su camino. Pero no se conformaría, los seguiría a través del bosque que tan bien conocía, al fin y al cabo todavía les quedaban un par de jornadas a los intrusos para cruzarlo. Estaría al acecho, y entonces se lo arrebataría, les tendería una trampa mortal, cogería el tesoro por el que sería aclamado por todo su pueblo, una de las legendarias espadas sería suya, la espada K´gdar.

Timeos despertó a Samara con un débil meneo a lo que ésta respondió con un leve gruñido. Este no pudo menos que sonreír. Desde el comienzo de su viaje su hermana había estado predispuesta a todo en cuanto el muchacho la llamaba, y entendía que cuanto más tiempo pasaba más cansada debía estar. La miró con cariño y decidió dar un paseo hasta el río para refrescarse y desperezarse dejando que su querida hermana durmiera un poco más.

El río corría cristalino a través del espeso bosque que sin embargo lucía brillante con los recién llegados rayos del sol que alumbraban el rocío acumulado durante la noche. Hacía un día fresco pero agradable, y no corría nada de viento. Parecía como si el tiempo no pasase en aquel lugar. Según iba caminando se fijaba en las suaves hojas de los salvajes arbustos y en los altos y gruesos troncos del arbolado que lo rodeaba. Recogió algunas moras que crecían saludables de sus zarzas como desayuno y algunas raíces que habían aprendido eran comestibles, y que tenían un sabor dulzón, raíces azucaradas que a veces les servían como postre.

Pequeños peces bajaban con la corriente del estrecho riachuelo, y pensó Timeos que si se encontraban con el arroyo a la hora de la comida podría pescar alguno y podrían comer pescado ese día. Hacía tiempo que no comía rico pescado, demasiado tiempo. Le vino de repente a la cabeza su aldea, su casa, su familia. Pero pronto se rehizo obligándose a mantener la mente ocupada en otra cosa, era pronto para dejarse abatir, tenían que continuar adelante.

Samara despertó algo sobresaltada, le dolía la cabeza pues no había dormido muy bien durante la noche. Un raro sueño la había mantenido toda la noche en un duermevela constante que no conseguía recordar del todo a pesar de que lo intentaba con todas sus fuerzas. Miró a su alrededor y no distinguió a su hermano junto a ella. Se fijó en la humeante lumbre que seguía ardiendo tenuemente calentando todavía el pequeño campamento nocturno. Se levantó torpemente y cogió uno de los cacillos para calentar algo de té rojo con miel, que seguro le haría bien y la ayudaría a relajarse un poco, su mente no dejaba de pensar en lo que había soñado aquella noche. Recordaba algo, creyó verlos a ellos mismos tumbados bajo el manto de hojas secas en el claro pegados a los enormes árboles, pero no podía ser verdad, no recordaba haberse levantado en ningún momento de su triste cama. Sin embargo todo parecía tan real…

Oyó unos pasos cerca de ella y vio apartarse los frondosos matorrales de su derecha. Timeos apareció con los recipientes de piel llenos de agua y el pelo corto enmarañado y empapado. Sonrió al ver que su hermana estaba despierta aunque parecía algo pensativa.

-Buenos días hermanita –saludó el joven a la muchacha. –Vaya, parece que hoy se te han pegado las sábanas al trasero, ¿eh?

-Ja ja, muy gracioso, mi querido hermano. No tengo ganas de chanzas a estas horas de la mañana. No he dormido bien.

-Pues a mí me parece lo contrario, creo que has dormido demasiado bien. Fíjate que ni te enteraste cuando nos atacaron y casi nos comen dos orcos enormes… -sonrió maliciosamente el chico.

-¿Cómo dices?, ¿que nos atacaron anoche? –preguntó preocupada Samara.

-Menos mal que estaba despierto, con un ojo abierto y el otro cerrado, y la mano en la empuñadura de la espada. Oí unos pasos y varios rugidos, y me levanté como una centella, los cogí

sábado, 7 de junio de 2008

Capítulo 5. K´gdar (Parte 2)

Samara se revolvió en su incómodo camastro hecho de hojas que hacían de improvisado colchón, y se arrebujó en su gastada manta de una manera inquieta. Aunque estaba profundamente dormida parecía todo muy real. Soñaba que veía claramente donde ella misma y su hermano descansaban. Veía la fogata situada entre ambos que hizo de hogar para calentar la sopa que tomaron esa misma noche, aunque desprendía un resplandor azulado que no provenía del mismo fuego. Pero lo veía todo desde un ángulo imposible. No podía ser real y sin embargo notaba cómo la brisa helada de la noche se le colaba entre sus plumas haciéndola temblar de frío. Vio claramente cómo se movían los matorrales situados a la derecha de ellos dos, y vio cómo se acercaba una silueta hacia ambos de más o menos medio metro de alto. Distinguió unas pequeñas botas que no dejaban ni rastro en el suelo de hojas y notó que andaba de una forma sigilosa, sin hacer ningún ruido. Unos pequeños y ajustados pantalones oscuros cubrían sus cortas y bien formadas piernas, y una blusa también oscura tapaban su pequeño pecho y sus brazos. De repente de debajo de las mangas surgieron unas afiladas garras que se acercaron a su hermano peligrosamente. Tenía que avisarlo como fuera, estaba en peligro y éste ni se inmutaba por ello, pero ¿cómo lo haría? ¿y que hacía ella encima de una rama de árbol si estaba tumbada entre dos enormes ramas que la daban cobijo y protección?

La silueta oyó un revoloteo por encima de su cabeza y miró hacia arriba con algo de temor buscando qué pudiera acecharle, pero no vislumbró nada y prosiguió con su tarea. Debía ser algún búho o alguna lechuza que anidara por los parajes. Se acercó más y más para ver al extraño ser que se encontraba tumbado delante de él. No había visto a ningún humano con esas características, de hecho hacía mucho tiempo que no se cruzaba con ninguno de ellos. Hubo un tiempo que la gente recorría aquellos espesos bosques de robles, nogales, helechos o pinos, pero de eso hacía ya mucho tiempo, tanto que ni se acordaba.

La garra alcanzó el petate y tiró de él lentamente con aire triunfante, sabía que ella estaba allí. La había visto en los dos días anteriores cuando el joven muchacho recorría el camino que serpenteaba por su bosque. La conocía muy bien, seguramente mejor que su actual propietario. Era de su tribu, les pertenecía por derecho.

Fue una tremenda sorpresa cuando en una de sus nuevas y recientes expediciones desde que se despertara de nuevo se cruzó con los dos muchachos. Un débil rayo de sol se coló por los enormes árboles que abovedaban el bosque y distinguió un reflejo en la parte superior de la espalda del joven. La empuñadura asomaba perezosamente a través del viejo morral del inconsciente. La había reconocido. De un metal tan antiguo como el propio mundo y a su vez tan reluciente, aunque ahora algo ennegrecido por el paso del tiempo y el mal cuidado, la empuñadura no dejaba lugar a dudas. De forma ovalada, dejando un hueco para poder asirla cómodamente, la cubría un retazo de cuero negro azabache algo deteriorado. Acababa en sus extremos en sendas garras semejantes a las de un felino y en el centro de ella se hallaba una piedra preciosa de un color marrón anaranjado con ribetes negros que cambiaba de color según la incidencia del rayo de luz semejando un ojo de gato.

Era una suerte, años y años de espera y justo cuando despierta de su impuesto y envenenado sueño se encuentra con aquello que toda su gente venera. Pero debía andar con mucho cuidado pues no debía perder la oportunidad de recuperar su tesoro, el tesoro de su gente, el espíritu de su pueblo, el Reino de Felius.

De repente un graznido rompió el silencio de la noche y el husmeador salió a todo correr del claro volviendo por donde había venido, temeroso de que los dos muchachos lo cogieran de improvisto.

Timeos se sobresaltó al oír una especie de grito en medio de aquel silencio, y se asustó pues no acertaba a saber de donde provenía ni qué había sido lo que lo había provocado, pero era claro que lo que fuera o quien fuera estaba muy cerca. Rápidamente echó mano de la espada que su abuela le había dado quince días atrás pensando en defenderse y defender a su hermana como fuera, incluso dando su vida si fuera necesario, pero lo único que alcanzó a ver fue un ave de color negro que salió volando de una de las ramas del árbol situado frente a él, y que con gran alivio reconoció como un pájaro que misteriosamente los había seguido durante gran parte del trayecto preguntándose ambos en varias ocasiones por qué los estaba siguiendo, aunque de forma distante y acobardada.

Timeos miró a su hermana de forma sigilosa viendo que ésta ni se había inmutado por el hecho ocurrido hacía unos instantes y volvió al sencillo catre cubriéndose con la precaria manta intentando

jueves, 5 de junio de 2008

Capítulo 5. K´gdar (Parte 1)

Capítulo 5

K’gdar

L

legaron al claro cuando estaba ya anocheciendo. Parecía que habían andado durante días enteros sin parar. En realidad sí que habían marchado a buen ritmo, descansando solamente por las noches y en las comidas frugales. Después del fugaz y bienhallado encontronazo con el pastor, las fuerzas de los dos jóvenes de cabellos blancos y tez morena se renovaron hasta lo indecible. A decir verdad si no se hubiesen topado con dicho personaje no habrían sido capaces de recorrer las decenas de kilómetros de camino que habían dejado atrás en esas dos escasas semanas. Un camino que los primeros días se hizo agotador por largo y arduo, a través de terreno pedregoso, con enormes helechos y salvajes pinos y encinas cortándoles el paso, abundante vegetación, o escarpados y peligrosos montes y cerros tremendamente resbaladizos, pero que a medida que pasaban los días se iba haciendo más llevadero. No les faltaba comida pues se habían cargado de buenos pedazos de queso, carne seca, dulce de membrillo, sendas hogazas de pan tierno y duradero, y rica bebida de miel que mezclada con el agua fresca, bien mantenida en las nuevas cantimploras, recogida en los múltiples arroyos que bajaban animosos a través de las nevadas montañas, revitalizaban cuerpo y mente y, por supuesto, sus resecas gargantas.

No habían encontrado nada, ningún pueblo o aldea se cruzó en su camino, obligándolos a dormir al raso noche tras noche cobijados simplemente entre grandes ramas de robles o nogales que hacían de incómodos camastros improvisados, tapados con mantas que más parecían ya comida de ratones de lo deshilachadas y desgastadas que estaban.

Pero también a eso se acostumbraron rápido, aunque no les quedó otro remedio, claro. Aún así el viaje no se estaba haciendo pesado ni cansado. Los dos jóvenes hermanos entablaron un lazo de unión en aquel obligado trayecto como nunca se hubieran imaginado. Sólo se tenían el uno al otro y por tanto necesitaban llevarse bien y ayudarse en todo lo que pudieran. Además tenían continuamente la mente ocupada bien fueran recordando pequeñas travesuras ocurridas en su niñez, bien pensando cómo estaría su abuela o su hermanito, o simplemente admirando los agrestes bosques que recorrían, o fijándose en los cristalinos riachuelos que se cruzaban en sus pasos, o jugueteando con coloridos pajarillos que trinaban a la salida del iluminado y caluroso sol del alba, y que les reconfortaba y animaba a seguir su aventura con la mayor de las esperanzas posibles.

Así, la aventura se estaba convirtiendo en un bálsamo para sus vidas, como bien les dijo su yaya en su despedida hacía casi ya medio mes.

Y la aventura continuó esa noche en la que los dos chicos estaban especialmente alegres y juguetones. No recordaban en la aldea sonreír con tantas ganas el uno con el otro, es más, en la aldea mantenían sus diferencias puesto que Timeos culpaba a veces a su hermana de tener que hacer el trabajo más duro sin ayuda de nadie, en especial de ella, puesto que su abuela no estaba ya para dichos menesteres, pero Samara replicaba a su vez a su hermano que además de ayudar en la huerta ella también se dedicaba a las tareas del hogar prácticamente sin ayuda alguna por parte de sus queridos hermanos.

Pero ahora estaban muy unidos. Ahora era diferente, al igual que la noche en la que se disponían a descansar del agotador viaje.

La hoguera ardía tenuemente todavía a pesar de que era bien entrada la madrugada. Unos pasos recorrieron el sendero siguiendo las huellas que los muchachos habían dejado sin pensar ni siquiera que fuera un problema. Pero lo era. El los seguía desde hacía dos días y ellos no se habían percatado de ello para nada. Sabía hacer muy bien su trabajo y ellos eran unos jóvenes inexpertos. Unas botas verdes oscuras del tamaño de una pequeña manzana entraron en el claro y se acercaron sigilosamente hacia la cabeza del joven Timeos que dormía plácidamente sin preocupación alguna. Unas garras felinas aparecieron en la mano del desconocido de repente, y se acercó más aún al petate que hacía de incómoda almohada para cada muchacho. La sombra del intruso caía peligrosamente sobre el joven proyectada por la débil luz que desprendía el ardiente fuego.

lunes, 2 de junio de 2008

Capítulo 4. Perdidos (Parte 3)

de mis reservas de magia. Conseguí captar una débil energía que se alejaba velozmente de mí, así que me dispuse a seguirlo pero después de una buena carrera entre los troncos y plantas comprobé de nuevo que no me acercaba lo más mínimo, lo que fuera era mucho más rápido que yo. Decidí volver puesto que mis fuerzas están muy mermadas.

-¿Esto que me cuentas es cierto? ¿No serán alucinaciones tuyas y de tu agotada mente?

-No, princesa, es cierto. No te mentiría en la situación en la que nos encontramos. Yo también quiero empezar a vivir. Tenemos que sobrevivir estemos donde estemos, y debemos estar todos unidos para poder conseguirlo. Hay fuera hay vida y debemos encontrarla. Hay esperanza de nuevo, mi señora.

La princesa miró al joven con ojos enorgullecidos. Por fin había encontrado una persona que pensara igual que ella, que la ayudara a salir del infierno en el que se encontraba sumida. Debían sobrevivir aunque les faltara media vida, la media vida que se les perdió en medio de aquel vasto y desconocido mar. Media vida que murió con la pérdida de sus padres y su hermano, de sus amigos y vecinos.

Los dos se pusieron manos a la obra. La joven recogió al bebé y se lanzó en pos de Nealha que ya se encontraba contando a los esturos apartados por allí lo que le había ocurrido solo unos momentos antes. La mayoría seguía mirando al horizonte, al cristalino océano causante de tanta muerte, haciendo caso omiso al joven que se desesperaba por sacar del trance en que se encontraban sus amigos, pero poco a poco y gracias a la princesa que ayudaba al joven dando énfasis a su historia conseguían por lo menos que les escucharan. Pronto algunos entendieron y se echaron a llorar abrazándose a ellos desconsoladamente, algo que les sirvió para sacar al exterior toda la rabia contenida. Cosa que sirvió para desahogarse por un momento y prepararse para el siguiente paso que debían dar. Un duro paso que comenzaba por querer vivir de nuevo.

Un grupo de cinco o seis miembros, además de Ariela y Nealha, intentaba convencer relatando de nuevo la historia a los demás esturos que andaban sumidos en profundas elucubraciones.

Por fin, y tras minutos interminables, se ponían en marcha una veintena de esturos que convencidos por sus compañeros, aunque apesadumbrados por el panorama desolador que les rodeaba, recogían las pertenencias del barco que pudieran serles de utilidad.

Se repartieron en varios grupos cada uno recorriendo la playa de aquí para allá, montando pequeñas e improvisadas viviendas construidas con lo que podían, con tablones y sogas o velas de las embarcaciones destrozadas, en las que poder refugiarse de las lluvias o pasar la noche, o recogiendo frutas y viandas para repartir entre todos, o agua dulce de la que poder beber de las incontables y gigantescas hojas de las distintas y enrarecidas plantas que habitaban en aquel lugar, que falta les hacía. Siempre según las indicaciones que la joven princesa les iba dando pues era la única que conocía algunas zonas de la isla.

Ariela contemplaba con satisfacción y alegría cómo su pequeño pueblo, en total unos veintitantos esturos supervivientes, de distintas edades, entre hombres, mujeres y algunos pequeños, se afanaban en recomponer sus vidas de nuevo. Sabía que para ellos era duro empezar a vivir cuando solo querían morir junto a los suyos pero era mejor así. Nadie quedó ya perdido en sus propios pensamientos. Todos se movieron con presteza siguiendo a Nealha en sus indicaciones, pues se hizo el líder del destrozado grupo demostrando a Ariela que la ayudaría en todo lo posible como prometió.

A otros les tocó el trabajo más duro de todos los presentes. Inspeccionaron con terrible dolor los cadáveres de sus congéneres buscando algo de lo que poder aprovecharse, por desgracia a ellos no les haría ya falta. Recogieron ropas que poder usar como prenda o como sogas, guardaron con beatitud varios colgantes en señal de recuerdo a los fallecidos, y los limpiaron y embalsamaron como pudieron con veneración. Una vez hecho esto entre todos los presentes apilaron a sus amigos fallecidos en largas hileras y les prendieron fuego a la vez que rezaban al Dios Creador para que acogiera sus almas en Caelum, el reino de los cielos.

Mientras la triste y desconsolada chiquilla rezaba despidiendo a su pueblo allí presente un pensamiento estremecedor le pasó por la cabeza. Sus padres, su hermano, Naia, ¿dónde estarían?, ¿habrían conseguido sobrevivir?, ¿estarían en una isla perdida como ella?, ¿o habrían muerto y no los volverían a ver nunca más? Las lágrimas cayeron de forma abundante por su tersa aunque maltrecha tez morena mientras contemplaba, abrazando con amor al niño adormilado en sus brazos, las aguas infinitas que se removían de forma incesante frente a ella, intentando vislumbrar un breve movimiento en el mar, un vestigio de su familia en el horizonte.

Dos ojos francos y sinceros observan escondidos tras los oscuros árboles frutales que se encuentran detrás del grupo. Ojos que brillan llorosos en la oscuridad del anochecer ante la visión proyectada frente a ellos. Un tierno corazón compungido ante tamaño dolor y pesar. Un compasivo corazón, invisible para los que no ven con mirada noble y pura.

viernes, 30 de mayo de 2008

Capítulo 4. Perdidos (Parte 2)

¡tienes que ayudarme!, por favor, no, no… -lloró desconsolada la chiquilla.

Pero era tarde, la mujer se había ido, junto con muchos de sus compañeros allí tirados.

El bebé no cesaba de llorar, estaba sucio y lleno de arena. Sólo un pequeño trapo lo cubría, tenía parte del cuerpo arañado y la sensible piel quemada por el sol. Pero Ariela lo apretaba contra su pecho como si fuera el único ser que seguía con vida en el mundo, y tenía que conservarlo en éste como fuera.

A lo lejos comenzaron a levantarse algunos esturos más. Ariela los miró con alegría. Más gente seguía con vida, no se encontraba sola. Se levantó y fue en pos de ellos que, poco a poco, fueron reuniéndose. Débiles pero jubilosos se abrazaban consolándose unos a otros por lo que habían vivido, porque todavía vivían, y por sus amigos muertos, desperdigados en la blanca arena por todos lados.

Lloraron amargamente por ellos, todos iban tras sus fallecidos, implorando a los dioses que les devolvieran la vida en unos casos, clamando al cielo a los mismos dioses que habían dejado que murieran en otros. Muchos juraron venganza eterna, ante esos dioses, ante la Diosa Oscura y ante sus propios compatriotas que los echaron de sus tierras y que pagarían por ello en cuanto sus vidas pudieran cruzarse si algún día se producía ese encuentro.

Así comenzó la supervivencia de una de las razas más imponentes e inteligentes que habitaban el continente, criaturas creadas por Quiraos para que reinaran, junto con otros seres poderosos como los dragones, el mundo que él había creado.

La mañana posterior y los días venideros fueron los más duros de la inmortal vida de la raza de los esturos.

Pasaron esos días perdidos en aquella insólita isla en la que llegaron por accidente. Perdidos porque no sabían donde estaban, perdidos en sus propios pensamientos, en sus propios rezos, en las propias despedidas de sus seres más queridos. Perdidos sin saber qué hacer, hacia donde dirigirse, qué comer o donde dormir. Parecían cuerpos sin alma, no hablaban entre ellos, sólo caminaban o se balanceaban sobre sí mismos en algún lugar de la deshabitada playa.

Sólo una persona estaba preocupada por la situación en la que se encontraban, y esa era Ariela. No porque no estuviera preocupada, pues estaba aterrorizada, sino porque debía cuidar como podía del niño que rescató de los brazos de su moribunda madre, y aunque pedía ayuda a sus amigos y compatriotas nadie le hacía caso, así que tuvo que buscar la manera de sobrevivir en esos primeros días, sola.

Recorrió varios senderos naturales a través de los agrestes bosques que lindaban con la hermosa playa. Encontró la forma de hidratarse levemente bebiendo las gotas de lluvia recogidas en las grandes hojas de algunas plantas gigantescas que se encontraba por el camino, y frutas que machacaba hasta hacerlas puré para poder alimentar al bebé y a ella misma pues no podía abrir bien la boca de las heridas que tenía. Descubrió que cierto tipo de raíces también eran comestibles y, aunque con un regusto algo amargo, tenían un sabor agradable. Lavó con mimo al pequeño en una charca de agua cristalina que encontró el cuarto día en una de sus penosas expediciones, y ella se enjuagó como pudo también. Pero no conseguía llegar a ninguna parte, no había nada ni nadie que la pudiera ayudar, la isla estaba completamente desierta así que cuando anochecía desandaba el sendero que llegaba hasta la playa para dormir cerca de los suyos ya que, aunque no le hacían el más mínimo caso, se sentía algo más segura que durmiendo en la poblada jungla.

Tan deshidratada y desnutrida estaba, a pesar de conseguir algo de alimento, que no podía ni pensar en cuanta gente había dejado de ver. Personas que en su vida cotidiana la rodeaban, la servían, daban conversación, vivían con ella. Sus padres, su hermano, sus amigas y amigos. El trastorno sufrido en aquel terrible naufragio había hecho mella en la joven infanta.

Pero algo cambió la mañana del octavo día. Alguien la despertó de un profundo y merecedor sueño. Ariela se despertó sobresaltada y contempló con legañas en los ojos a la persona que la zarandeaba suavemente. Era un joven más o menos de su misma edad, con los blancos cabellos largos y rizados, aunque enmarañados y mugrientos por la suerte recibida en los últimos días, labios gruesos pero descarnados, y ropas rasgadas hasta donde la princesa conseguía ver, que dejaban al descubierto un fornido pecho de piel oscura y una reluciente cadena de plata con un bonito broche engarzado a ella. No conocía a ese joven pero el pecho le latió más aprisa que de costumbre, aunque no entendía el porque, quizás fuera porque el joven era la primera persona que le dirigía la palabra en ocho días, aparte de la muchacha que murió en sus brazos el primer día de su nueva y desesperanzada vida.

Ariela se incorporó con cuidado pues el bebé estaba acunado entre su brazo y su flanco izquierdo, le dedicó un cariñoso gesto pues dormía plácidamente sin inmutarse de la desgracia corrida por su pueblo, lo tapó con sigilo y se despegó lentamente de él para hablar con el esturo que la había despertado.

-Mi Señora, tengo que contarte algo.

-¡Qué quieres ahora de mí! ¡Después de una semana de abandono por vuestra parte! -respondió con rencor Ariela.

-Siento de veras lo ocurrido estos días, princesa –se disculpó como pudo el muchacho-. Tienes que entender la situación en la que nos encontramos todos.

-¡Y yo qué! Yo también estoy sola, también he perdido a mi familia y os he perdido a parte de vosotros, mi pueblo. Además tengo que cuidar de este pobre niño sin la ayuda de nadie –manifestó sollozando la princesa.

El joven intentó acercarse para calmarla pero ésta se apartó con despreció enfadada.

-Princesa, me llamo Nealha, y te prometo que te ayudaré en todo lo que en mi mano esté, ¡lo juro por los Antiguos! –declaró con énfasis el chico-, pero antes tienes que escuchar lo que te tengo que contar.

La pequeña adolescente se volvió temblando de rabia hacia el chico que le hablaba tan amablemente como podía, sabiendo que la pobre lo estaba pasando realmente mal.

-Princesa Ariela, un ruido me despertó cuando estaba amaneciendo. Esta noche por fin he conseguido dormir algo, pero ese ruido me sobresaltó. Me pareció distinguir un graznido o algo parecido, no lo pude identificar con más exactitud dormido profundamente como estaba. Pero me levanté y escuché atentamente por si volvía a suceder. Me interné por uno de las sendas por los que estos días has estado paseando, y me pareció ver cómo algunos matorrales se movían al acercarme, como si algún animal se alejara rápidamente de ellos.

La princesa escuchaba ahora atentamente. Un hilo de esperanza comenzaba a forjarse en su mente. Si aquello era cierto significaba que no estaban solos, que en aquella isla había vida. Y si fuera así tenían que seguir buscando.

El joven habló de nuevo con entusiasmo.

-Intenté seguir el rastro de lo que hubiera habido allí mismo, pero no vi nada, ningún rastro, ninguna huella, así que utilice algo

miércoles, 28 de mayo de 2008

Capítulo 4. Perdidos (Parte 1)

Capítulo 4

Perdidos

N

otaba cómo el sol quemaba rabiosamente. Era un calor insoportable, pero no conseguía distinguir de donde provenía. Las gotas de sudor bajaban raudas por entre el cuero cabelludo y su terso cuello. ¿Estaría soñando o era real? Seguro que estaba soñando. Serían los primeros rayos del sol que atravesaban todas las mañanas el lujoso ventanal de su cuarto situado en lo alto de una de las torres más majestuosas del castillo.

Un castillo imponente y orgulloso. De blanca piedra labrada a mano que relucía brillante plantando cara incluso al gran astro rey. Con cientos de robustas almenas rodeándolo, sin dar oportunidad a sus bastardos enemigos ni siquiera de poder pisar en los lejanos linderos de sus verdes y cuidados jardines sin ser vistos. Con murallas recias y ostentosas que ni una gran manada de infalibles y poderosos dragones podría derribar. Murallas tan altas que ni las más largas escaleras ni las más potentes catapultas pudieran atravesar. Y un profundo foso que rodeaba la espléndida fortaleza en el que anidaban terroríficos seres capaces de destrozar a un ser vivo, o a un no muerto incluso. Y qué decir de los sólidos portones que daban entrada a la solemne ciudadela, tallados en una aleación de acero pulido mezclado con plata y diamante tan fuerte y resistente que ni mil magos unidos podrían fundir con su portentosa magia, custodiados por varias decenas de valerosos y nobles guerreros esturos que darían su vida sin pensarlo un solo instante si su magnánimo rey así se lo pidiera sin pedir explicación alguna.

Así era el núcleo de la inmejorable ciudad de los esturos, Esturia.

El cuarto de la joven se situaba en el torreón central desde que el se podía divisar claramente la ciudad que rodeaba al gran castillo, su hogar. Era de forma ovalada, y maravillosos tapices colgaban de las paredes y a la vez hacían de cortinas para las decoradas ventanas, en los que se representaban batallas épicas de antiguos caballeros y héroes que se alzaban encima de sus gigantescos rocines negros postrados en sus cuartos traseros ante animales y seres mágicos ya desaparecidos, o hasta bestias inmensas atacadas por los valientes esturos que eran derribadas con lanzas y espadas fulgurantes. Una cama espléndida arropada con edredones de mullidas plumas y cómodos cojines presidía el centro de la estancia, mostrando un invitador llamamiento al descanso. A la derecha de la labrada puerta de entrada se situaba un magnífico tocador cubierto de las más elegantes alhajas, enviadas a la chiquilla en señal de respeto y gratitud por los mejores joyeros de todas las partes del continente, Reino. Y unas altísimas estanterías las cuales daban cabida a miles de libros de todas clases se anclaban en la parte izquierda del amplio cuarto redondeado.

Todas las mañanas la niña veía su maravillosa habitación al entreabrir sus bonitos ojos de un iris amarillento, después de un reconfortante descanso nocturno, y se jactaba de su grandiosidad y poder. No era capaz de imaginar las riquezas que podría guardar si reinara en ese maravilloso mundo. Para ello tendría que ser sabia y justa ante los ojos de su rey, que éste le pasara el Cetro de Oro, aunque quizás lo tuviera fácil, pues el rey era su padre.

Volvería a entreabrir sus preciosos ojos de color amarillo y volvería a ver su preciosa estancia, sentiría su cómoda cama y sus mullidos cojines, se taparía con gusto con su acogedor edredón y rozaría las suaves cortinillas que colgaban del dosel que cubría su lecho.

Y así lo hizo.

De repente una tos alarmante acudió a su reseca garganta. No podía respirar para calmar el tremendo carraspeo, y empezó a notar un dolor insoportable en sus labios al agrietárseles del esfuerzo tan cuarteados que estaban. La bilis acudió a su boca rápida y apremiante, y antes de que pudiera darse cuenta estaba vomitando sin poder controlarlo, sin poder parar. Junto con restos de un amasijo verde y viscoso echó abundante agua salada haciendo que se volviera a ahogar momentáneamente. Notaba como el líquido corría por su cuello y bajaba por su pecho. Al agarrarse el mismo se raspó sin querer pues estaba completamente bañada de arena, empapada de agua y llena algas por todas partes.

Cuando por fin pudo inspirar, empezó a respirar lentamente intentando tranquilizarse poco a poco. Escupió los restos salados de su boca y tragó suavemente, algo que su lengua agradeció, aunque notó nuevamente el sabor de la sangre de sus resecos labios.

Por fin pudo incorporarse un poco del arenoso, ayudándose de sus lánguidos brazos. Se sentía fatigada y terriblemente débil, casi no tenía fuerzas para levantarse y alzar la cabeza. Algo que hubiera deseado no hacer nunca.

El panorama que vio fue desolador, un sinfín de cuerpos ocupaban la marfileña playa en la que habían encallado. Restos de maderas y amasijos de hierros estaban tirados por todos los lados, deshilachadas velas ocupaban gran parte del terreno, además de toda clase de enseres y utensilios de cocina.

Se levantó como pudo y avanzó lentamente por la orilla casi a ciegas pues sus ojos estaban anegados de lágrimas. Por fin había entendido. Habían naufragado. Su barco se esparcía por todas partes. Y su gente también, o lo que quedaba de ellos. Corrió y corrió en pos de sus congéneres. Cuando llegaba a la altura de alguno se tiraba al suelo en busca de ayuda para encontrarse con que ya había muerto. Se habían ahogado. Decenas de hombres, mujeres y niños enredados entre los maderos y poleas, tirados de cualquier forma, en posturas imposibles. Restos de miembros de aquí para allá. Era una pesadilla hecha realidad.

La impotencia se apoderaba de Ariela, ¿por qué?, ¿qué había hecho ella para merecer eso?, ¿y ellos?

A lo lejos oyó voces, una pizca de esperanza acudió a su mente. Avanzó rápidamente hacia la voz que había escuchado. La causante del grito era una joven estura con un bebé acurrucado en sus brazos, que a pesar del naufragio no había consentido soltarlo para que pereciera y se ahogara.

Ariela se tumbó a su lado con presteza, haciendo caso omiso a sus heridas, que surcaban su cuerpo de arriba abajo, sin sentir el dolor de sus labios agrietados. La madre, sin decir una sola palabra acercó al niño a la princesa, que con cuidado aceptó de buen agrado pero con ojos asustados. Un débil susurro apareció en la boca de la joven.

-Cuídalo, por favor, princesa. No puedo más, no lo soporto –demandó la mujer entrecerrando los ojos.

-No, por favor, te lo suplico, no te vayas, no me abandones –reprochó la princesa agitando a su compañera. ¡Tienes que vivir!,

viernes, 23 de mayo de 2008

Capítulo 3. Forjar un destino (Parte 3)

Los golpes y rugidos cesaron de repente y todo quedó en silencio. El chico acercó el oído a la madera pero no notó ningún movimiento en el exterior, pero justo cuando se empezaba a dar la vuelta, la puerta estalló en varios pedazos, varios hocicos asomaron por entre los agujeros y empezaron a gruñir a los desconocidos, los cuales respondieron con gritos de miedo ante la situación que creían se les avecinaba.

De repente un hacha se clavó en la parte superior de la puerta y una voz grave habló por primera vez.

-¡Quién anda ahí, maldita sea! ¡Como te coja te voy a arrancar la piel a tiras, bribón!

-No por favor, señor –acertó a contestar Samara oyendo la voz y viendo que no eran lobos los animales que arañaban la puerta-, no nos haga nada. No queremos robarle, solo estamos pasando la noche, solo queríamos dormir.

El pastor, atento a la voz de mujer que le contestaba, dejó el hacha en el suelo y mandó callar a sus dos perros pastores. Con más calma volvió a preguntar a los chicos que parecían estar dentro.

-Pero qué hacéis aquí dentro, sin mi permiso. Casi os mato, por todos los dioses. Y que narices hace mi cama y mi mesa aquí en medio, diantre, no puedo pasar ni a mi propio cuchitril.

Los chicos viendo que la cosa se calmaba dejaron las mantas a un lado y se dispusieron a quitar los trastos de la entrada.

Con recelo miraron por entre los agujeros. Allí se encontraba el pastor, con un gorro de lana empapado por la escarcha, unas polainas también de lana de oveja que le llegaban hasta la cintura y un jubón colgado en el hombro izquierdo. Un chaleco de cuero tapaba su pecho. Junto a él se encontraban sentados a sus pies sus dos perros que más parecían dos lobos, grises como la ceniza pero todavía cachorros.

Por fin pudieron abrir la puerta, o lo que quedaba de ella y el pastor pudo entrar.

Miró con recelo al los dos pillastres que alojaban su pequeño hogar de temporada. Eran diferentes a las demás personas que conocía por la zona, que no eran muchos, aunque no le extrañó en demasía, pues había conocido gente con su mismo color de piel y su cabello. Algo que seguro les traería problemas, por desgracia.

A los chicos les llevó un rato dar las explicaciones oportunas al hombre, desde hacia donde se dirigían hasta el porque, y éste mientras escuchaba calentaba agua para hacer un poco de té, no tanto como para entrar en calor él mismo sino para que a los jóvenes se les fuera el tembleque que aún les duraba.

Ya casi estaba amaneciendo, y el pastor por fin convino a decir algo.

-Bueno, bueno, así que esa es la historia que os ha traído hasta aquí. Triste carga la que portáis en vuestras jóvenes espaldas, amiguitos –habló con sinceridad Kulp.

Los muchachos miraron apesadumbrados a ese desconocido hombre que comprendía su congoja.

-Pero chicos, entiendo a vuestra abuela, en serio. Yo vivo muy solo aquí, de aquí para allá, sin una familia que me espere cuando llegue a casa o un lugar en el que instalarme definitivamente, pero desde luego volvería a elegir esta situación en la que vivo si tuviera que hacerlo por ellos. Sólo os queda aprender de ello y ser más fuertes. No os quedéis como simples pastores como yo hice. Pensad en el sacrificio hecho, dar importancia a la oportunidad que os brinda la vida y trabajar duro para devolverle el favor a vuestra yaya, como vosotros decís -gesticuló con ánimo Kulp frente a los hermanos.

El discurso duró unos cuantos minutos pero Kulp creyó que era necesario para avivar los pesados corazones de los mozalbetes.

Ambos lo miraron con incredulidad pero con ánimos renovados. Kulp tenía razón, tenían que seguir adelante, llegar a la ciudad y forjarse un destino importante. Llevaban con ellos una espada digna de ello, que según les contó su yaya, perteneció a los mismísimos esturos, y les daría valor y coraje. Además administrarían bien esos ahorros tan costosos de alcanzar por ella y por su abuelo.

Pronto comenzó a salir el sol, y los hermanos empezaron a recoger sus pequeñas riquezas del rincón donde las habían dejado tiradas. Kulp preparó un buen desayuno a base de huevos fritos con chorizo de venado, porque un buen pastor tenía que cuidarse bien con ricas provisiones, y juntos comieron con avidez. Luego les llevó cerca de la casa a una charca con una pequeña fuente de agua potable en la que pudieron llenar unas garrafas recubiertas de piel de jabalí que hacía que el agua se mantuviera fresca gran parte del día, que con gustó les regaló Kulp. También les brindó una serie de explicaciones acerca del camino que debían seguir hasta donde él alcanzaba a conocer. Lo demás lo tendrían que recorrer de nuevo solos.

Finalmente se despidieron con un sincero y agradecido apretón de manos, y dedicaron a los perros unos cariñosos golpes en la cabeza, a lo que éstos correspondieron con una larga carrera saltando y brincando junto a los chicos al emprender su viaje de nuevo.

Cuando el amable pastor deshizo los pasos andados se fijó en la andrajosa puerta y no pudo hacer otra cosa que reír con ganas ante la situación acaecida hacía unas horas. Qué susto que les había pegado a esos dos infelices e inexpertos muchachitos. Solo deseaba que les fuera bien en su largo trecho.

Un pensamiento le vino a la mente. Podía, sí, y lo haría. Cogería algo de comida para el viaje, a sus dos inseparables perros guardianes y a sus lindas y obedientes ovejas e iría a visitar a la valiente Susan. Le daría las gracias por criar a esos nobles chicos. Quizás se pasara una temporada en aquella prometedora aldea, por qué no. Siempre que no molestara a nadie, claro. Además, se estaba empezando a cansar de esa vida sedentaria, llevaba ya muchos años apartado de la inmensa actividad a la que había dedicado toda su vida. Desde hacía algún tiempo estaba sintiendo otra vez el gusanillo en su estómago, una marcha de esas como cuando era joven, pero nada ni nadie le habían sugerido algo convincente y atrayente.

Era el momento, estaba decidido.

Pero antes le quedaba por hacer una tarea harto importante. Cómo se las ingeniaría ahora él para arreglar la dichosa puerta…

jueves, 22 de mayo de 2008

Capítulo 3. Forjar un destino (Parte 2)

Daba igual. Cogió el hatillo alocadamente y salió en pos de su hermana mientras a saltitos se iba atando los cordones de sus desgastadas alpargatas.

La noche llegó más pronto de lo que esperaban. Anduvieron cerca de cuatro horas más, pero no se toparon con nada ni nadie, solo unos cuantos pajarillos revolotearon por entre sus cabezas. Al fin y al cabo estos dos personajes eran nuevos en su territorio.

La oscuridad se empezó a cerrar ante ellos y aligeraron el paso vivamente, no querían dormir en el suelo, a saber qué peligros les acechara allí, en esos parajes desconocidos. Puede que hasta los lobos los intentaran atacar, como decían los vecinos en su antiguo hogar.

Cuando ya se estaban dando por vencidos y estaban más atentos a encontrar un buen lugar donde cobijarse entre los matorrales que en el camino mismo, una luz en la lejanía pareció destellar.

Samara miró con incredulidad, y se fijó en su hermano, el cual también entrecerraba los ojos buscando aquella luz casi inapreciable.

Sí, allí estaba, como a unos dos kilómetros pudieron calcular. Con alegría corrieron hacia la luz, a través de los espesos matorrales. Les costó llegar puesto que la casa, a la que pertenecía la luz, se escondía en el interior mismo del bosque.

Con cuidado se acercaron a la casa. Era pequeña y de color claro, parecía abandonada, sin embargo alguien había tenido que encender dicha luz que se situaba a la entrada. Rodearon la vivienda despacio, intentando no hacer ruido. No querían asustar a nadie, y querían cerciorarse de quién había dentro.

Nada, ni un alma. Tampoco había ventanas que les permitiera ver el interior de la misma, así que decidieron empujar la puerta que se encontraba entreabierta.

El mobiliario dejaba bastante que desear. Una mesa redonda se situaba en el centro del habitáculo rodeada por cuatro sillas. A la izquierda de ésta se encontraba una vieja chimenea ennegrecida por los años de uso. Por lo menos alguien debía habitar ese lugar a menudo. Y a la derecha había un pequeño catre bastante sucio y roído. Tenía toda la pinta de ser de algún pastor que la habitara de vez en cuando, cuando pastara con su rebaño por aquellas cercanías.

Timeos encendió la lámpara de encima de la mesa con una fina varilla de madera y el bote de aceite de quemar cercano a ella.

Pudieron atisbar las paredes también ennegrecidas por la acción del humo.

-El lugar no es muy acogedor pero nos servirá ¿verdad Samara? –preguntó el chico mientras su hermana examinaba el viejo y roído catre.

-No sé hermano. Y si mientras estamos aquí viene el dueño y se enfada. Quizás sea algo austero y no le guste la gente, prefiera la soledad. ¿Qué pensarías tú si te encuentras a dos extraños en tu hogar?

-Pero no queremos robar ni nada parecido, además aquí las joyas brillan por su ausencia. Sólo queremos un lugar donde dormir, además mañana temprano nos iremos, y ya esta.

-Bueno, pero si viene, tú se lo explicas, ¿de acuerdo? –rezongó la chica con los brazos entrelazados en el pecho.

Así, los jóvenes dejaron sus petates y se dedicaron a sus quehaceres.

Timeos salió a buscar algo de leña fuera para encender la chimenea, y así cocer un poco de sopa que les entonara el cuerpo.

Mientras tanto Samara extendió las mantas que transportaban para dormir en el suelo, y acomodó sus pertenencias en un rincón para que no estorbaran. Encontró un trapo igual de sucio y grasiento que utilizó para desempolvar un poco la mesa.

La noche era profunda pero despejada, y una ligera brisa fría se colaba por debajo de la puerta. Aunque seguro que pasarían menos frío allí dentro que en el exterior, pensó Samara.

Timeos recogió unos palos finos para encender el fuego y dos o tres troncos más gruesos para que se quemaran lentamente y no se apagara el mismo, pero entonces oyó un aullido lejano. Asustado, miró para todos los lados buscando la procedencia. Había sonado muy cerca. Y si fueran los lobos. Se dio prisa en recoger más leña y echo a correr como alma que lleva el diablo hacia la pequeña casa sin mirar en ningún momento atrás.

Cuando entró sobresaltó a su hermana.

-¿Qué te pasa Timeos? que vienes corriendo, parece que te persigue un espíritu. No me digas que ahora le tienes miedo a la oscuridad –rió con ganas su hermana querida.

-No es eso idiota. Es que he oído aullar a los lobos. Deben andar por estos parajes. Tenemos que atrancar la puerta con algo, es por el único sitio por el que pueden entrar.

-Pero ¿crees de verdad que nos puedan hacer algo? No saben que estamos aquí, y deben estar acostumbrados a que aquí viva alguien –prosiguió Samara para tranquilizar al muchacho.

-Pues no se si vendrán o no, pero lo que es cierto es que si dejamos la puerta bien cerrada estaremos más seguros –apuntó tajante Timeos.

Los dos acercaron el catre viejo a la puerta en forma de empalizada. Y también la mesa y las sillas.

Samara seguía pensando que su hermano era un exagerado pero le siguió la corriente.

Después de protegerse adecuadamente, Timeos encendió la chimenea, y llenó con agua de los odres una cacerola abollada que estaba cerca del fuego. Tendrían que buscar un arroyo para rellenar a la mañana siguiente las cantimploras si no querían deshidratarse durante lo que quedaba de viaje, y más si hacía calor. Además, no sabían lo que tendrían que andar para llegar a la gran ciudad, y si pasarían por algún lugar de descanso o refresco.

En cuanto estuvo la sopa lista, se sentaron en el suelo y engulleron la cena a base de huevos cocidos, junto con la sopa, y un poco de pan con miel para acompañar.

Luego de saciar el hambre y la sed, al fin y al cabo el día había sido duro entre la caminata y la tristeza que todavía les atenazaba los corazones, se tumbaron entre las mantas y enseguida se quedaron dormidos dándose calor uno al otro, no sin antes echarle un ojo al fuego para que no se apagara entrada la madrugada.

Sonoros golpes en la puerta despertaron a los chicos, golpes que reconocieron como garras arañando la madera, y ciertos gruñidos poco amistosos.

Timeos se encontró de repente agarrado a su hermana intentando alejarse lo que pudiera de la entrada, mientras ésta a su vez hacía lo mismo con él.

Con ojos desorbitados vieron cómo la puerta cedía ligeramente ante los tremendos golpetazos, cada vez más y más fuertes.

No sabían qué hacer, tan asustados como estaban. Por fin el chico reaccionó y cogió un de los troncos gordos sobrantes que aún quedaba casi ileso de las llamas, se acercó lentamente a la improvisada empalizada, mientras se llevaba la mano a los labios advirtiendo a su hermana que no hiciera ruido.