miércoles, 27 de febrero de 2008

Prólogo (Pág. 15)

Un gesto sombrío recorrió la cara de Aielas.

-No lo tengo tan claro, madre. El barco sigue navegando pero he notado la preocupación de Lalos por nuestro rey, algo le ha tenido que ocurrir y tengo el presentimiento que ha sido grave. La sensación de desesperación tampoco me hace presagiar nada bueno, ha sentido algo horrible en mi búsqueda, y creo que va a pasar pronto. Tampoco su energía era notable, alguien le ha ayudado, se sentía muy débil, la comida también debe escasear allí. Pero lo que más me ha impactado es que los noto perdidos, no saben qué hacer.

-No es nada bueno hijo. Tu padre… él es fuerte, no te preocupes se recuperará pronto -vaciló en las palabras que sabía eran insinceras-. Y entiendo sus posturas de desconcierto, yo misma no se qué pensar, nuestro futuro es muy indeciso, todos estamos preocupados.

Una joven se acercó dando grandes zancadas desde la otra punta del sótano.

-Hermano, qué te pasa, traes malas noticias, lo noto en tus ojos, y estás muy apagado, toma, bebe algo -Ariela acercó un odre de té caliente a su hermano.

El príncipe cogió el odre con ganas y bebió un largo trago, agradecía el líquido caliente bajando por su garganta. Se había quedado helado en la superficie y el contacto mágico había mermado en gran parte sus fuerzas. No dejaba de darle vueltas al suceso ocurrido hacía unos minutos, y lo peor de todo, no sabía cómo contarlo a su gente para no preocuparlos más aún. Sobre todo a su hermana, la princesa Ariela, tan joven e inocente todavía, ella no debía ver tanto sufrimiento, tenía toda su inmortal vida para vivir sucesos desagradables.

Ariela y su madre, la Reina de los Esturos, miraron al príncipe con lástima, las dos veían a un muchacho abatido y derrumbado, pero al fin y al cabo un muchacho para la edad de los esturos. Ambas intentaron apartarse mientras