lunes, 18 de febrero de 2008

Prólogo (Pág. 7)

Los consejeros se arrodillaron junto a su rey con ojos desorbitados. Tanta tensión acumulada en los últimos días estaba pasando factura a más de uno.

Después de unos interminables minutos que más parecieron horas el color empezó a volver a las mejillas del rey, y pronto pero pausadamente pudo jadear algunas palabras.

-Bien, bien, estoy mejor, mucho mejor, tranquilos amigos míos -susurró el rey intentando coger el aire que le faltaba-. Han sido los disgustos que pueden con este viejo y pobre anciano, dejadme descansar un instante, ya no soy tan fuerte ni tengo la salud de hierro como antes.

-Mi señor -suplicó Garón- tenéis que dormir por lo menos unas horas. Habéis estado prácticamente los diez días que llevamos de exilio despierto y con grandes preocupaciones en la cabeza. Además de la mala alimentación que llevamos que no os ayuda en nada.

-Sí, es cierto, Garón. Tienes razón, debo dormir.

-Yo me quedaré con vos, mi rey. Vosotros iros, el rey necesita descansar.

Garón, Valdorán y Lalos dieron media vuelta y se encaminaron hacia la puerta. Cuando ésta estaba a punto de cerrarse Lalos echó un vistazo hacia atrás con gesto de preocupación denotado en su fruncido ceño, cerró la puerta lentamente y la habitación quedó totalmente en silencio.

Los tres cruzaron el pasillo hasta llegar al sótano que hacía de refugio para los demás exiliados. Las mujeres cuidaban en brazos a sus bebés, algunos lloraban y éstas intentaban tranquilizarlos para no despertar a los demás pequeños. En un rincón un grupo de jóvenes esturas reunía a niños de todas las edades y les contaban historias de héroes y batallas grandiosas en las que siempre ganaban los buenos para entretenerlos. De esta manera intentaban que la situación les afectara lo menos posible, aunque los niños no eran tontos y notaban algo raro a su alrededor. No como