martes, 26 de febrero de 2008

Prólogo (Pág. 14)

pan, los nudillos estaban blancos por el esfuerzo, desde luego no lo estaba haciendo por placer y su gesto de impaciencia hacía ver la urgencia de la tarea. Parecía cansada pero amasaba con una rapidez inusual, quizás fruto de la desesperación. A pesar de su postura, y la pena que la embargaba, poseía un porte recio, señorial, alguien acostumbrado a dar órdenes y llevar el mando. La mano de Aielas se posó en su hombro y ésta dio un respingo.

-Madre, perdona por molestarte.

-Ah, Aielas, que susto me has dado, estaba tan ensimismada en mi tarea que no te he visto llegar. Sabes, cuanto antes estén estos panecillos antes comerán los críos, por lo menos ellos los comerán calientes, a nosotros nos tocarán ya fríos, suponiendo que nos lleguen a todos, quizás tengamos que sacrificarnos hoy y comer mañana, los pequeños sí que no pueden quedarse sin comer, ya están pasando suficiente los pobrecillos… Aielas, ¿me escuchas? qué te pasa hijo, te noto demasiado ausente, ¿ha ocurrido algo ahí arriba?, ¿va todo bien?

-Eh, sí, bueno…, todo va bien, por ahora -y bajó la cabeza mirando al suelo-. Le preocupaba tener que dar otro disgusto más a su madre, también ella estaba sufriendo, incluso se había visto obligada a trabajar como una más, una reina no debería llegar a tal extremo, claro que la situación lo requería.

-Por qué recalcas “por ahora”, ¿es que va a ocurrir algo?, o tienes tan poca esperanza que ya te sientes derrotado.

-No, no, no he perdido la esperanza pero es cierto que tampoco me sobra. No, no es eso. Es por lo que me ha ocurrido allí arriba. He mantenido un débil contacto con Lalos.

-¿De verdad? ¡Pero eso es una gran noticia! Por lo menos sabemos que tu padre y los demás están bien, que el barco sigue a flote.