lunes, 18 de febrero de 2008

Prólogo (Pág. 10)

mejor así, quizás si lo hubiesen visto no estarían en el barco todavía.

-No han atacado -dijo Garón-. Siguen expectantes, parece que les divierte vernos vagar a la deriva sin saber donde ir ni qué hacer, seguro que esa asquerosa Diosa está disfrutando de lo lindo en su trono.

-Suponiendo que no se encuentre entre nosotros, puede que los rugidos sean de ella misma y que haya adoptado la forma de un dragón.

-No lo creo Valdorán, parecen de seres menos poderosos que los dragones, quizás sean dagars, o puede que incluso las mismas gárgolas que nos siguen que se estén jactando de nuestra situación.

Mientras los tres consejeros se entretenían haciendo conjeturas de qué seres malignos los llevaban hacia delante, algo se movió cerca del barco. Nadie se percató del movimiento del agua, claro que tampoco se distinguió demasiado con las olas provocadas por la ventisca que venía del este, pero una gran aleta de escamas oscuras surgió del mar un instante tan rápido como desapareció.

-Voy a intentar comunicarme con Aielas, puede que estén cerca y pueda captar su energía.

-Ten cuidado -dijo Valdorán- estás muy débil.

Lalos juntó los dedos de la mano derecha con los de la izquierda formando un triángulo con su pecho, de repente un fulgor azulado apareció rodeando sus manos y un débil centelleo plateado comenzó a subir por sus antebrazos perfilando los tatuajes ocultos, los de las piernas también centellearon, y pronto todo su cuerpo adquirió luminosidad propia, desprendiendo además un calor algo sofocante aunque agradecido por los dos que estaban a su lado en la fría superficie.

Lalos se perdió en su conciencia, buscó la energía de su príncipe y amigo por todos los rincones de la niebla desplegada ante él en el mar, pero era tan densa que no