jueves, 5 de junio de 2008

Capítulo 5. K´gdar (Parte 1)

Capítulo 5

K’gdar

L

legaron al claro cuando estaba ya anocheciendo. Parecía que habían andado durante días enteros sin parar. En realidad sí que habían marchado a buen ritmo, descansando solamente por las noches y en las comidas frugales. Después del fugaz y bienhallado encontronazo con el pastor, las fuerzas de los dos jóvenes de cabellos blancos y tez morena se renovaron hasta lo indecible. A decir verdad si no se hubiesen topado con dicho personaje no habrían sido capaces de recorrer las decenas de kilómetros de camino que habían dejado atrás en esas dos escasas semanas. Un camino que los primeros días se hizo agotador por largo y arduo, a través de terreno pedregoso, con enormes helechos y salvajes pinos y encinas cortándoles el paso, abundante vegetación, o escarpados y peligrosos montes y cerros tremendamente resbaladizos, pero que a medida que pasaban los días se iba haciendo más llevadero. No les faltaba comida pues se habían cargado de buenos pedazos de queso, carne seca, dulce de membrillo, sendas hogazas de pan tierno y duradero, y rica bebida de miel que mezclada con el agua fresca, bien mantenida en las nuevas cantimploras, recogida en los múltiples arroyos que bajaban animosos a través de las nevadas montañas, revitalizaban cuerpo y mente y, por supuesto, sus resecas gargantas.

No habían encontrado nada, ningún pueblo o aldea se cruzó en su camino, obligándolos a dormir al raso noche tras noche cobijados simplemente entre grandes ramas de robles o nogales que hacían de incómodos camastros improvisados, tapados con mantas que más parecían ya comida de ratones de lo deshilachadas y desgastadas que estaban.

Pero también a eso se acostumbraron rápido, aunque no les quedó otro remedio, claro. Aún así el viaje no se estaba haciendo pesado ni cansado. Los dos jóvenes hermanos entablaron un lazo de unión en aquel obligado trayecto como nunca se hubieran imaginado. Sólo se tenían el uno al otro y por tanto necesitaban llevarse bien y ayudarse en todo lo que pudieran. Además tenían continuamente la mente ocupada bien fueran recordando pequeñas travesuras ocurridas en su niñez, bien pensando cómo estaría su abuela o su hermanito, o simplemente admirando los agrestes bosques que recorrían, o fijándose en los cristalinos riachuelos que se cruzaban en sus pasos, o jugueteando con coloridos pajarillos que trinaban a la salida del iluminado y caluroso sol del alba, y que les reconfortaba y animaba a seguir su aventura con la mayor de las esperanzas posibles.

Así, la aventura se estaba convirtiendo en un bálsamo para sus vidas, como bien les dijo su yaya en su despedida hacía casi ya medio mes.

Y la aventura continuó esa noche en la que los dos chicos estaban especialmente alegres y juguetones. No recordaban en la aldea sonreír con tantas ganas el uno con el otro, es más, en la aldea mantenían sus diferencias puesto que Timeos culpaba a veces a su hermana de tener que hacer el trabajo más duro sin ayuda de nadie, en especial de ella, puesto que su abuela no estaba ya para dichos menesteres, pero Samara replicaba a su vez a su hermano que además de ayudar en la huerta ella también se dedicaba a las tareas del hogar prácticamente sin ayuda alguna por parte de sus queridos hermanos.

Pero ahora estaban muy unidos. Ahora era diferente, al igual que la noche en la que se disponían a descansar del agotador viaje.

La hoguera ardía tenuemente todavía a pesar de que era bien entrada la madrugada. Unos pasos recorrieron el sendero siguiendo las huellas que los muchachos habían dejado sin pensar ni siquiera que fuera un problema. Pero lo era. El los seguía desde hacía dos días y ellos no se habían percatado de ello para nada. Sabía hacer muy bien su trabajo y ellos eran unos jóvenes inexpertos. Unas botas verdes oscuras del tamaño de una pequeña manzana entraron en el claro y se acercaron sigilosamente hacia la cabeza del joven Timeos que dormía plácidamente sin preocupación alguna. Unas garras felinas aparecieron en la mano del desconocido de repente, y se acercó más aún al petate que hacía de incómoda almohada para cada muchacho. La sombra del intruso caía peligrosamente sobre el joven proyectada por la débil luz que desprendía el ardiente fuego.