martes, 15 de julio de 2008

Capítulo 7. Segundo intento (Parte 2)

despavorido del margen y se dispuso a cortar grandes ramajes de los matorrales más cercanos sin apenas hacer ruido. Raudo los colocó encima del hueco que había abierto con sus propias zarpas un instante antes a modo de tapadera de tal manera que cuando los ineptos pisaban se hundieran en su temible trampa. Una vez colocados les dio los últimos retoques para que parecieran que había brotado allí mismo y se subió al roble más cercano para poder vislumbrar con regocijo el éxito de su plan.

Los chicos salieron del claro con algo de pena echándole un vistazo a la profundidad del bosque el sol poco asomaba por entre los altos árboles. Reconocieron el comienzo de la trocha y se dispusieron, en la misma posición que antes, a recorrerla sin más dilación. De repente Timeos se dio la vuelta:

-Oye Samara, ¿por qué no sigues delante tú mientras yo me paro detrás de estos matorrales un momento? Tú ya me entiendes.

-Vaya, ahora que estamos dispuestos a salir te paras a hacer de vientre, pues ya lo podías haber pensado antes ¿no? -replicó su hermana.

-Bueno…, antes no me dieron ganas, además estaba durmiendo, qué quieres, es la propia naturaleza –contestó Timeos.

-Está bien, pero date prisa, no me gusta este lugar, y menos recorrerlo sola.

Así que Timeos, antes de adentrarse de nuevo en el sendero, viró a la izquierda y se perdió de vista.

Samara, viendo hacia dónde se desviaba su hermano, se quedó plantada a un paso justo delante del escondido hueco, sin atreverse a caminar sola por el oscuro camino que salía ante ella, así que decidió girar un poco a la derecha internándose entre la maleza al ver unas pequeñas plantas que florecían con el calor de los haces luminosos bordeando con ello la improvisada trampa que con tanto esfuerzo el planificador felino había desenterrado.

El Sr. Strömboli no podía creérselo, pero ¿dónde iban los chicos? Si era muy fácil, sólo tenían que haber dado un paso hacia el lúgubre sendero y hubieran caído en su peligrosa abertura, y ahora cada uno se iba por su lado, uno a al izquierda perdiéndose en el bosque y otra a la derecha siguiendo el rastro de unas insignificantes florecillas que por desgracia se habían abierto en el momento en que el sol hacía más inciso en el claro. No podía ser verdad, tanto esfuerzo para nada, solo podía esperar a que se adentrasen de nuevo en el claro y comenzaran de nuevo su viaje siguiendo por donde habían venido. Pero no fue así pues ya llevaba esperando un buen rato y ni uno ni otra volvían por donde se habían ido.

A lo lejos oyó al joven ladronzuelo y miró hacia la dirección en que provenía dicha llamada desde la gruesa rama de roble en la que se sentó a esperar en sus cuartos traseros, con tan mala suerte que con el rápido giro de su testa se mareó levemente y resbaló del árbol cayendo hacia abajo y topándose con todos los brotes y ramajes que cubrían los troncos más gruesos, con maullidos de dolor, desesperación y sorpresa. Hasta que de repente esas ramas acabaron en un vacío que supuso era el espacio entre la rama más baja y el suelo por lo que se dispuso a caer, como era de costumbre en su raza, a cuatro patas sin hacerse el mínimo daño. Cuando posó sus zarpas en el blando suelo con un pequeño estruendo hizo una mueca de regocijo pues a pesar de todo no se había hecho tanto, pero sin darse cuenta el suelo empezó a hundirse y el Sr. Strömboli a intentar zafarse sin éxito de los arrancados matorrales que justo antes él mismo había colocado.

-Miauuuu, maldiciónnn… -maulló el vigoroso felino cuando se vio dentro de su propia jaula-. ¡No puede ser verdad! Se me han vuelto a escapar, y encima me he atrapado yo solito…

El enfadado gato, rabioso por su mala suerte y su ineptitud trepó con grandes saltos al borde del boquete de nuevo sin gran consuelo, pues cuanto más alto saltaba y más furioso se agarraba a las resbaladizas paredes, más revolvía éstas y más difícil era trepar por ellas. Hasta las raíces que había utilizado antes para salir de allí parecían que se habían puesto en su contra pues se partían a la mínima en cuanto ponía el gato una de sus zarpas encima para poder escalar. Agotado por el esfuerzo y por el sofoco cogido paró en seco, obligándose a relajarse, a coger algo de aliento y a pensar las cosas con un poco de calma.

Unos pequeños ojillos y unos gráciles bigotes asomaron a la altura de su cabeza a través de un pequeño agujero recortado en una de las pringosas paredes, mirando al gato con curiosidad, un destello de inteligencia y donaire asomaron por sus pupilas.

-Y tú que miras, ¡maldito roedor! –maldijo en voz alta el agobiado hidalgo.