viernes, 23 de mayo de 2008

Capítulo 3. Forjar un destino (Parte 3)

Los golpes y rugidos cesaron de repente y todo quedó en silencio. El chico acercó el oído a la madera pero no notó ningún movimiento en el exterior, pero justo cuando se empezaba a dar la vuelta, la puerta estalló en varios pedazos, varios hocicos asomaron por entre los agujeros y empezaron a gruñir a los desconocidos, los cuales respondieron con gritos de miedo ante la situación que creían se les avecinaba.

De repente un hacha se clavó en la parte superior de la puerta y una voz grave habló por primera vez.

-¡Quién anda ahí, maldita sea! ¡Como te coja te voy a arrancar la piel a tiras, bribón!

-No por favor, señor –acertó a contestar Samara oyendo la voz y viendo que no eran lobos los animales que arañaban la puerta-, no nos haga nada. No queremos robarle, solo estamos pasando la noche, solo queríamos dormir.

El pastor, atento a la voz de mujer que le contestaba, dejó el hacha en el suelo y mandó callar a sus dos perros pastores. Con más calma volvió a preguntar a los chicos que parecían estar dentro.

-Pero qué hacéis aquí dentro, sin mi permiso. Casi os mato, por todos los dioses. Y que narices hace mi cama y mi mesa aquí en medio, diantre, no puedo pasar ni a mi propio cuchitril.

Los chicos viendo que la cosa se calmaba dejaron las mantas a un lado y se dispusieron a quitar los trastos de la entrada.

Con recelo miraron por entre los agujeros. Allí se encontraba el pastor, con un gorro de lana empapado por la escarcha, unas polainas también de lana de oveja que le llegaban hasta la cintura y un jubón colgado en el hombro izquierdo. Un chaleco de cuero tapaba su pecho. Junto a él se encontraban sentados a sus pies sus dos perros que más parecían dos lobos, grises como la ceniza pero todavía cachorros.

Por fin pudieron abrir la puerta, o lo que quedaba de ella y el pastor pudo entrar.

Miró con recelo al los dos pillastres que alojaban su pequeño hogar de temporada. Eran diferentes a las demás personas que conocía por la zona, que no eran muchos, aunque no le extrañó en demasía, pues había conocido gente con su mismo color de piel y su cabello. Algo que seguro les traería problemas, por desgracia.

A los chicos les llevó un rato dar las explicaciones oportunas al hombre, desde hacia donde se dirigían hasta el porque, y éste mientras escuchaba calentaba agua para hacer un poco de té, no tanto como para entrar en calor él mismo sino para que a los jóvenes se les fuera el tembleque que aún les duraba.

Ya casi estaba amaneciendo, y el pastor por fin convino a decir algo.

-Bueno, bueno, así que esa es la historia que os ha traído hasta aquí. Triste carga la que portáis en vuestras jóvenes espaldas, amiguitos –habló con sinceridad Kulp.

Los muchachos miraron apesadumbrados a ese desconocido hombre que comprendía su congoja.

-Pero chicos, entiendo a vuestra abuela, en serio. Yo vivo muy solo aquí, de aquí para allá, sin una familia que me espere cuando llegue a casa o un lugar en el que instalarme definitivamente, pero desde luego volvería a elegir esta situación en la que vivo si tuviera que hacerlo por ellos. Sólo os queda aprender de ello y ser más fuertes. No os quedéis como simples pastores como yo hice. Pensad en el sacrificio hecho, dar importancia a la oportunidad que os brinda la vida y trabajar duro para devolverle el favor a vuestra yaya, como vosotros decís -gesticuló con ánimo Kulp frente a los hermanos.

El discurso duró unos cuantos minutos pero Kulp creyó que era necesario para avivar los pesados corazones de los mozalbetes.

Ambos lo miraron con incredulidad pero con ánimos renovados. Kulp tenía razón, tenían que seguir adelante, llegar a la ciudad y forjarse un destino importante. Llevaban con ellos una espada digna de ello, que según les contó su yaya, perteneció a los mismísimos esturos, y les daría valor y coraje. Además administrarían bien esos ahorros tan costosos de alcanzar por ella y por su abuelo.

Pronto comenzó a salir el sol, y los hermanos empezaron a recoger sus pequeñas riquezas del rincón donde las habían dejado tiradas. Kulp preparó un buen desayuno a base de huevos fritos con chorizo de venado, porque un buen pastor tenía que cuidarse bien con ricas provisiones, y juntos comieron con avidez. Luego les llevó cerca de la casa a una charca con una pequeña fuente de agua potable en la que pudieron llenar unas garrafas recubiertas de piel de jabalí que hacía que el agua se mantuviera fresca gran parte del día, que con gustó les regaló Kulp. También les brindó una serie de explicaciones acerca del camino que debían seguir hasta donde él alcanzaba a conocer. Lo demás lo tendrían que recorrer de nuevo solos.

Finalmente se despidieron con un sincero y agradecido apretón de manos, y dedicaron a los perros unos cariñosos golpes en la cabeza, a lo que éstos correspondieron con una larga carrera saltando y brincando junto a los chicos al emprender su viaje de nuevo.

Cuando el amable pastor deshizo los pasos andados se fijó en la andrajosa puerta y no pudo hacer otra cosa que reír con ganas ante la situación acaecida hacía unas horas. Qué susto que les había pegado a esos dos infelices e inexpertos muchachitos. Solo deseaba que les fuera bien en su largo trecho.

Un pensamiento le vino a la mente. Podía, sí, y lo haría. Cogería algo de comida para el viaje, a sus dos inseparables perros guardianes y a sus lindas y obedientes ovejas e iría a visitar a la valiente Susan. Le daría las gracias por criar a esos nobles chicos. Quizás se pasara una temporada en aquella prometedora aldea, por qué no. Siempre que no molestara a nadie, claro. Además, se estaba empezando a cansar de esa vida sedentaria, llevaba ya muchos años apartado de la inmensa actividad a la que había dedicado toda su vida. Desde hacía algún tiempo estaba sintiendo otra vez el gusanillo en su estómago, una marcha de esas como cuando era joven, pero nada ni nadie le habían sugerido algo convincente y atrayente.

Era el momento, estaba decidido.

Pero antes le quedaba por hacer una tarea harto importante. Cómo se las ingeniaría ahora él para arreglar la dichosa puerta…