sábado, 14 de junio de 2008

Capítulo 6. A la caza del rufián (Parte 1)

Capítulo 6

A la caza del rufián

L

levaban ya unas cuantas horas de viaje a través del espeso bosque. Los pasos eran lentos y pesados, el camino era duro y deprimente pues en ciertos lugares los rayos del sol no alcanzaban a penetrar en las tupidas ramas de los inmensos árboles que hacían de improvisado techo. Notaban como les minaba el ánimo que tan alegremente habían portado a lo largo de todo el viaje, pero sentían un ardor en su fuero interno, un temor infundado que les rodeaba detrás de cada ancho tronco.

Qué parecía ocurrirle a aquel bosque al adentrarse tanto, tan oscuro, tan siniestro, tan espeso, tan enorme y a la vez tan sofocante en ciertos lugares. No se hacían a la idea de cuánto les podía llevar cruzarlo pero les daba la impresión que tardarían una eternidad, y eso que no era ni la hora de la comida. Aún así caminarían con rapidez pues cuanto mayor fuera el ritmo antes saldrían de él.

En ningún momento se percataron que de nuevo alguien los acechaba detrás de los gruesos troncos. Unas pequeñas botas asomaban de vez en cuando detrás de ellos en cada álamo o roble sin que ellos sospecharan en absoluto. Unas afiladas garras dejaban finos arañazos en la fuerte madera de los árboles. Unos largos y graciosos bigotillos se movían al son de una pequeña nariz al olisquear ésta a los jóvenes presuntuosos que osaban colarse en las tierras de los gatos sin pretender pagar tributo alguno. Y mucho menos portando algo tan bello y tan sagrado como era la espada K´gdar, una fuente de poder tan maravillosa y desafiante que quien la poseyera sería la envidia de su pueblo y uno de los líderes indiscutibles sin duda.

El Sr. Strömboli se frotaba las diminutas patas delanteras con gusto pues cada vez estaba más cerca de su preciado tesoro. Y además tenía un plan. Se adelantó a través de un atajo que recorría el boscaje en penumbra a unas centenas de metros de los chavales, ató un fino hilo de seda prácticamente invisible de árbol a árbol, de tal manera que los intrusos toparan con el obstáculo y cayeran sin darse cuenta al suelo en una enmarañada postura, y entonces se abalanzaría sobre ellos y los ataría de manos y pies con la velocidad que lo caracterizaba en ese tipo de menesteres, pues era sabido por todo el reino de Telluón durante cientos y cientos de años que el Sr. Strömboli era de los más rápidos de su pueblo, podía atestar miles de zarpazos en escasos segundos y el rival ni creería que le había tocado confiado en su torpeza. Así se las gastaba el valiente y poderoso gato del bosque. Y esta vez no se le escaparían, ahora sólo tenía que esperar unos minutos a que los jóvenes se acercaran a su trampa mortal…

Timeos y Samara atravesaban algo intranquilos los espesos matorrales, tenían que hacerse camino en ciertos lugares demasiado poblados y eso hacía que el paso fuera más lento de lo que ellos desearan. Pronto pasaron una de las zonas más pobladas y dieron de casualidad con una tenue trocha casi borrada con el paso de los años. Timeos iba unos metros por delante de su preciosa hermana, que seguía como ausente al rememorar su desconcertante sueño, moviendo sus ligeras piernas hacia delante dando rítmicas zancadas más por la inercia que llevaba su hermano que por otra cosa.

El joven atravesó una hilera de robustos troncos, trastabillando de vez en cuando con trozos de ramas secas tirados por todas partes debido al desuso del camino. De vez en cuando se veía obligado a levantar las piernas por encima de sus rodillas para seguir sin dificultad el sendero, pero a pesar del cuidado que llevaba no se percató que a unos tres metros delante de él, entre tronco y tronco, un ligero destello brilló débilmente a la altura de sus desgastados zapatos marrones. Sin darse cuenta su pierna derecha se adelantó y un leve chasquido sonó a su derecha, justo detrás del tronco de un enorme pino piñonero, tan débil que ninguno de los dos jóvenes absortos se percató del peligro que les acechaba.

Llegó la hora. El Sr. Strömboli se dejó descolgar de una larga liana que colgaba inerte de una de las ramas del robusto pino, haciéndolo balancearse poco a poco ayudado por el empujón de sus