miércoles, 18 de junio de 2008

Capítulo 6. A la caza del rufián (Parte 2)

pequeñas patas apoyadas en la corteza, hasta quedar suspendido como un péndulo a unos cinco metros de los dos ignorantes.

El chico, al alzar su pierna derecha, notó un diminuto rozón contra su pie, como si algo o alguien se lo sujetara al suelo más de lo que él estaba dispuesto a aguantar, pero pronto la fuerza del impulso de su musculosa pierna deshizo la retención y el joven prosiguió su acompasado paso como si nada hubiera notado. Cuando Samara pasó por el mismo lugar que su hermano distinguió en el suelo un pequeño trozo de cuero repujado enganchado a una puntiaguda rama de uno de los matorrales que bordeaban el sendero, así que se agachó para recoger el trozo de tela con curiosidad, cuando en ese momento notó en su nuca un leve silbido de viento y un débil gruñido que pensó debió provenir de un pequeño soplo de aire que se colaba entre las unidas copas de los inmensos árboles de aquel voluminoso bosque. Una vez examinó la tela sin vislumbrar ni siquiera un atisbo de importancia se deshizo de ella como quien se deshace de las mondas de una naranja recién pelada arrojándolas al suelo pensando que cuando se fundan con el suelo húmedo y mohoso dará alimento a los recién nacidos brotes o incluso a las incansables hormigas o a las perezosas lombrices que corretean por el desconocido subsuelo.

El Sr. Strömboli, seguro de su plan, atacó a los dos intrusos con sus mejores armas. Mientas se balanceaba cada vez más rápido sacó sus garras afiladas y destellantes sin percatarse por la euforia que recorría su espeso cerebro que comenzaban a rasgar la frágil liana a cada bandazo que su ligero cuerpo daba de un lado a otro, de tal manera que a unos de sus fuertes impulsos la fina cuerda acabó de romperse por donde el alocado caballero de distinguido sombrero de ala ancha se asía con rudeza haciéndolo perder el equilibrio en el aire justo cuando el vuelo de un tronco a otro, como si de un mono se tratase, se hacía más rápido y estaba a punto de abalanzarse encima de los dos bellacos de forma admirable y sin sospechas.

La mala suerte quiso que el valiente gato de los bosques del Reino de Felius, en su desesperado y desequilibrado vuelo, se estampara, justo por encima de las cabezas de sus dos presuntas víctimas, en el tronco de un enorme chopo de dimensiones desmesuradas, haciendo que cayera sin remedio lentamente a través del resbaladizo tronco despatarrado de zarpa a zarpa como si de un pergamino arrugado y pegado a una pared se tratara, alzando un estridente maullido tan fuerte y sonoro que hizo ventosa en el tronco cuando sus afilados colmillos chocaron con éste, dejando al inconsciente gato casi sin aliento.

El tozudo felino dejó de pensar en esos momentos en su futura caza para cambiar dicho pensamiento por una gigantesca bola de meteoritos que no dejaba de dar vueltas a su cabeza como si de un planeta se tratara, viendo incluso pequeños animalillos que piaban a su alrededor posados en los pequeños meteoritos que danzaban sin parar, dejándose el infame captor llevar y caer como las plumas que cubrían a los cantores pajarillos ondeando al viento, y cuya cancioncilla alegre adormecía al gato presa de una especie de embrujo bienintencionado.