lunes, 19 de mayo de 2008

Capítulo 3. Forjar un destino (Parte 1)

Capítulo 3

Forjar un destino

T

riste fue el comienzo de los dos inseparables hermanos. Hasta donde la vista les alcanzó no dejaron de mirar atrás y despedirse de sus amigos y su familia. Vieron con lágrimas en los ojos como su hermanito del alma les persiguió hasta que finalmente se quedó sin aliento y se echó al suelo sollozando, pero lo mejor para todos era no seguir dando falsas esperanzas. Aún así el alma se les partió, y con ello se abrió un vínculo de añoranza que, sin saberlo, les acompañaría el resto de sus tres vidas.

El día comenzó a caldearse de forma insistente. Acababa de terminar el invierno pero todavía refrescaba sobremanera por las mañanas. Los dos adolescentes tuvieron que despojarse de sus capas de lana algo roídas pues el sudor les caía en regueros a través de la frente y el cuello.

Ninguno de los dos habló durante el trayecto en esa mañana tan absortos en sus pensamientos, en los últimos acontecimientos ocurridos en sus cortas vidas. Simplemente andaban y andaban, sin ver hacia donde se dirigían, siguiendo el camino que se adelantaba ante ellos, sin rumbo fijo más que con sus propias preocupaciones en la cabeza, hasta que llegaron a una bifurcación.

Ambos titubearon, no habían seguido esa vereda tan lejos. Nunca se habían alejado tanto en su infancia de los bosques que rodeaban la aldea, y ahora se arrepentían de ello. Cuan dura debía ser la vida ahí fuera, ahora que se tenían que enfrentar a ella, y sin ayuda de nadie.

Lo pensaron mejor, buscaron una agradable sombra debajo de un frondoso árbol que se encontraba al borde derecho del camino y se apoyaron en unas frescas rocas situadas bajo éste.

Debieron andar cerca de unas seis o siete horas puesto que salieron muy de mañana, y no habían descansado un solo instante, tan ensimismados que iban en su nueva andadura.

Agradecieron el apoyo de los peñascos, no se habían dado cuenta de lo cansados que estaban hasta ese mismo instante, pero tenían que seguir adelante. Por lo menos hasta que pudieran encontrar cobijo para pasar la noche, pronto caería y todavía eran frías para dormir a la intemperie.

Comieron algo de pan y queso, y bebieron agua templada puesto que los odres se les habían calentado un poco en el trayecto.

Pero ni el descanso ni la comida les hizo mella en la tristeza que sentían. No dejaban de pensar en su abuela y en su hermano un solo momento. Recordaban muchas anécdotas, muchas vivencias juntos. Muchas alegrías, cumpleaños, celebraciones, días de fiestas, y también muchas calamidades, momentos desconsoladores.

La muerte de su abuelo hizo en sus vidas un antes y un después. El joven Timeos ayudaba con ahínco al viejo Landor pero sin responsabilidad plena. Hasta ahora éste se había encargado de todo, del cultivo, de la recolección, de la venta de los productos a sus vecinos o de los trueques con los pillos comerciantes venidos de otros lugares. Pero con su muerte Timeos, junto con su abuela, tuvo que aprender rápido, más rápido de lo que él hubiera pensado y querido. A base de dureza sacó adelante la huerta, fardos pesados como mulas fueron movidos por sus brazos endebles todavía, grandes surcos fueron arados con sus tiernas piernas, muchos dedos tuvieron que ser curados por su querida abuela por los numerosos tajos o martillazos provocados por el trabajo día a día, y otras tantas broncas tuvo que soportar para ponerse en el sitio que le correspondía, para sacar el máximo provecho para su familia. Muy pronto para madurar pensaba Timeos todos los días. Pero no le quedó más remedio.

De sus padres poca ayuda podía recibir porque no sabía nada de ellos. Sólo lo que su abuela les contaba de vez en cuando, que murieron en un asalto a la aldea hace algunos años, recién nacido el pequeño Aaron, cuando ellos tenían ocho o nueve años más o menos.

La verdad es que ni Timeos ni Samara se acordaban de ellos, ni les sonaba esa historia, pero según su abuela sufrieron un trastorno tan grande en ese asalto, cuando los amarraron y envenenaron para que los niños no vieran nada, que perdieron la memoria durante una larga temporada.

En Susan tuvo gran ayuda, pero ésta lo estaba pasando realmente mal. En sus espaldas cargó con toda la responsabilidad familiar, y en su alma la muerte de su esposo, algo que la acompañaría siempre. A pesar de ello supo sacar a sus nietos adelante y supo enseñarlos lo más fervientemente posible. Aprendieron a razonar con justicia, a ser leales, humildes, agradecidos, pero también a pensar por sí mismos, a tener valores muy puros y seguirlos fielmente. Por supuesto fueron críos y como tal hicieron múltiples trastadas pero sin maldad alguna.

Pero a Susan quien más la preocupaba era el pequeño Aaron que cuidó desde que era un bebé. A medida que crecía le veía diferente a sus dos hermanos, más pícaro, más calculador, más frío dentro de lo que un crío de tres o cuatro años pueda llegar a ser. También era más egoísta que sus hermanos, lógico pues era el pequeño y le acostumbraron a que no le faltara de nada. Por suerte o por desgracia no había tenido que vivir la muerte de sus padres, y tampoco vivió muy de cerca la muerte de su abuelo pues era muy chiquitito, cosa que a sus hermanos ayudó en gran parte a madurar.

Cuando acabaron de masticar el pedazo de queso que les quedaba, se levantaron pesadamente.

-Samara, tenemos que decidir. El sendero que sigue a la derecha o el que sigue a la izquierda. La verdad que podíamos haber preguntado antes de salir a alguien, seguro que esta parte la conocería, no está tan lejos de la aldea.

-Es cierto hermano –respondió la joven apartándose la lisa y blanca melena de los ojos y cogiéndose una larga cola de caballo en la parte posterior de la cabeza.

-No sé por donde seguir. ¿Y si nos equivocamos y no llegamos a ningún sitio?, no tendremos oportunidad de desandar lo andado para cuando oscurezca.

-Pues démonos prisa en decidir, por lo que parece es igual de bueno o malo tanto uno como el otro así que qué más da. Escojamos al azar.

Samara comenzó a andar rápidamente, casi corriendo, con aire seguro, por el de la derecha.

-Pero Samara –gritó Timeos pues ésta ya estaba unos treinta metros por delante- ¿y si no es el correcto?

1 comentario:

Plyngo and me dijo...

Le has cogido el gustillo ¿eh? Vaya ritmo de publicación te marcas ahora macho, muy bien, así me gusta. pero tengo una pregunta... ¿hay algo más a partir del capítulo 8? A ver si nos vamos a quedar a medias... o perdidos en el Reino de Felius...