jueves, 24 de enero de 2008

Prólogo (Pág. 5)

pero, a menos que utilicemos la magia e intentar transportarnos, como sugiere Maleos, no veo mejor solución.

-Pero mi rey, no podremos trasladar a todos sólo nosotros, las mujeres son fuertes pero muchas han perecido. Los ataques de esos traidores han hecho efecto en nuestros seres queridos, por no hablar de los niños, ellos no saben utilizar su mente, tendríamos que empezar por ellos, pero seguidamente deben viajar sus madres para cuidarlos, y para cuando consigamos todo eso no nos quedarán fuerzas suficientes para los demás, y ya no estarían con nosotros la mayoría de ellas. Tampoco sabemos si los adolescentes podrán soportar tan pesada carga, han trabajado duro ahí arriba y están agotados, yo mismo estoy agotado. ¿Y qué hay de nuestros compañeros en los demás barcos?, debemos ponernos en contacto con ellos de alguna forma, pero aunque lo consigamos creo que somos insuficientes -el tono de Lalos era calmado pero con un ligero atisbo de desesperación.

Todos le miraban atentamente, aunque no quisieran reconocerlo sabían que tenía razón. Era joven aún, joven para la edad de los esturos, pero tenía la mente muy clara y abierta, por ello le dedicaron un lugar privilegiado en la corte. Había vivido lo suficiente como para tomar responsabilidades. Su experiencia en los distintos viajes realizados, ya fuera en cacerías, en mar o en tierra junto a su príncipe, le hacía un contrincante difícil de batir. Y desde pequeño tomó conciencia del estudio de los libros antiguos, pues sabía que un buen rey no era el más fuerte o el más listo, sino el que aportara las soluciones más justas a problemas de diversa índole, y qué mejor experiencia que la de su propia historia. También tenía que ser fuerte, claro, y entrenó muy duro tanto física como mentalmente. Manejaba la espada con destreza con ambas manos, y su puntería con la lanza o el arco era muy precisa, además